En Bellaterra han perdido el rubor

Publicado en El Periódico de Catalunya, 1989-III-14

        Desde que los recuerdo, los autobuses de la universidad Autónoma de Barcelona han sido rojos. Pero este año han empezado a perder su color y aparecen cubiertos de blanco, con pinceladas de azul y cobre. Este cambio, fruto del encargo a preclaros diseñadores para que crearan una nueva imagen - la Autónoma entona este año "ara que tinc vint anys" - sugiere algunas prácticas en Bellaterra.

        El nuevo colorido evoca imágenes virginales de capillas de colegios de adolescencia, tonalidades frías con que encubrir cualquier ardor carnal, aplacar el más tenue rubor; porque, en los últimos años, quienes un día nos encendíamos ante las injusticias hemos sufrido un ritual iniciático tan pertinaz y sangriento que ya ningún dolor propio o ajeno nos conmueve.

        Si los estudiantes han de pagar en fotocopias casi el doble de lo que pagarían en Barcelona, no importa: el presupuesto universitario ha de quedar a salvo. Si un profesor o profesora se pone enfermo, o tiene un accidente o una intervención quirúrgica, o todavía es tan sensible que sufre una depresión, y ha de faltar a una clase una semana, un mes, uno o dos trimestres, hay que librar una ardua batalla en los sucesivos peldaños de la jerarquía para que se pague una sustitución.

        Si no te integras en alguno de los clanes que se enfrentan entre s¡ a la vez que se apoyan para perpetuarse, te arriesgas a tener los peores horarios, el mayor número de alumnos, a que no se acepte tu tesis doctoral, no te inviten a ningún congreso, no te publiquen ni un artículo, menos aún un libro, y en consecuencia, como decía entre bromas y veras un profesor consolidado, a que "no te promocionemos", incluso a perder el trabajo al que has dedicado no importa cuántos años en beneficio de alguna joven promesa más joven.

        Un ejemplo de cómo hemos de convivir con tanta injusticia es el problema de un número no declarado de profesores a los que se les paga un 20 % menos que el año pasado: por impartir docencia a un número de alumnos que puede llegar a los 250, perciben unas 70.000 pesetas mensuales, frente a las casi 90.000 que obtenían el año pasado.

        El rectorado alega, en el mejor tono nacional-victimista, que todo se debe a un decreto del Gobierno central contra todas las autonomías. Pero, para apoyar este tópico, no encuentra otros argumentos que relegar al olvido un acuerdo de la propia junta de gobierno de la universidad, de 1986, por el que se aprobaba el reglamento de personal docente contratado, según el cual la retribución de estos profesores ser  la correspondiente a la de un profesor titular; y, al mismo tiempo, omitir el considerar otras posibilidades que ofrece ese mismo decreto, que se aplican en otras universidades y permiten mejorar las condiciones del pasado año.

        La resolución adoptada tras cinco meses, de extender un contrato complementario por trabajos específicos para compensar las diferencias con 1988, no solamente es de dudosa legalidad, sino que se ceba en el divide y vencerás, al consolidar la miseria de los profesores de reciente contratación y dejar sin resolver un problema.

        Pero estas anormalidades se han hecho tan normales que ruborizarse por ello puede ser considerado infantilismo, locura, argumento de excomunión. Quizá para ayudarnos a sobrellevar tanta vergüenza impasible el ademán, en Bellaterra hasta los autobuses han perdido el rubor.

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