3. La dogmática adulta, contra-dicción primordial

Pero sólo empecé a comprender el vértigo que me producía esta aventura cuando, gracias a Ruth Benedict, pude clarificar la problemática de la adultez.

En un artículo titulado Continuidad y discontinuidad en el condicionamiento cultural[1], esta antropóloga plantea que, si bien la discontinuidad en el ciclo vital que conduce de la infancia hasta la edad adulta «es un hecho natural e ineludible», la forma en que se realiza esta transición varia en las distintas culturas. Y considera que nuestra cultura, frente a la continuidad que establece al adiestrar a las criaturas en el hábito de las tres comidas diarias - que no tendrán que modificar al llegar a la edad adulta -, en otras ocasiones «acentúa en forma extrema las diferencias entre el niño y el adulto. El niño es asexual, el adulto juzga su virilidad por sus actividades sexuales; el niño debe ser protegido de las feas realidades de la vida, el adulto debe enfrentarse sin derrumbarse psíquicamente; el niño debe obedecer, el adulto debe mandar esa obediencia. Estos son todos dogmas de nuestra cultura, dog mas que, a pesar de los hechos de la naturaleza, otras culturas por lo general no comparten». Y concluye: «No obstante las diferencias fisiológicas entre el niño y el adulto, estos dogmas son adquisiciones culturales».

Según Ruth Benedict, «la discontinuidad mayor en el ciclo vital consiste, por supuesto, en que el niño, que es hijo en un momento determinado, debe convertirse luego en padre. Estos roles están poderosamente diferenciados en nuestra sociedad; un buen hijo es dócil y no asume las responsabilidades del adulto; un buen padre sostiene a sus hijos y no debe permitir que se desprecie su autoridad. Además, el niño debe carecer de sexo dentro del ámbito familiar, mientras que el rol sexual del padre es fundamental en la familia. El individuo que desempeña uno de los roles debe replantearse su comportamiento desde casi todos los puntos de vista al asumir el otro».

Ruth Benedict centra su atención en «tres de los contrastes que se dan en nuestra cultura entre el rol del individuo como niño y como padre»: rol de status responsable/rol de status no responsable, dominación/sumisión, y rol sexual pasivo/activo. Y los compara con la economía de costumbres que surge del condicionamiento continuo y de procedimientos utilizados por algunas sociedades para reducir las tensiones derivadas de la discontinuidad. «En muchas sociedades primitivas», dice, «la discontinuidad no ha sido fomentada debido a necesidades económicas o políticas, ni porque dicha discontinuidad determine una división del trabajo socialmente ventajosa, sino a causa de algún dogma conceptual.»

Y lo explica con el siguiente ejemplo: «Las culturas más notables en este sentido son la australiana y la papúa en las que florece la ceremonia de hacer al hombre". En tales sociedades se cree que los hombres y las mujeres tienen poderes opuestos y en conflicto, y los niños varones, que tienen un status definido, deben ser iniciados en el rol masculino. En Australia Central el niño varón está del lado de la mujer, y las mujeres son tabú en las etapas adultas finales del ritual tribal. Las elaboradas y lentas ceremonias de la iniciación de los arunta, por consiguiente, arrebatan al muchacho de su madre, dramatizan su gradual repudio de ella. En una ceremonia final el muchacho renace como hombre del "útero" ceremonial de los hombres. Las ceremonias de los hombres son la afirmación ritual d una solidaridad masculina, que se expresa en las caricias recíprocas de sus "churingas", el símbolo material de la Vila de cada hombre, y en el mutuo derramamiento de Sangre extraída de sus venas. Después que este cálido vínculo entre los hombres ha quedado establecido a través de las ceremonias, el muchacho se une a los hombres en la casa de los hombres y participa en los ritos tribales. La discontinuidad ha sido tribalmente salvada.»

Finalmente, esta antropóloga concluye la necesidad de unas instituciones sociales que puedan disminuir las tensiones que ahora se producen, ya que, nuestra cultura, por el contrario, elabora una serie de dogmas que resultarían in viables en otras condiciones sociales.

Estas observaciones de Ruth Benedict acerca del papel de un dogma conceptual en una sociedad que impone a las criaturas macho un ritual iniciático que dramatiza su gradual repudio de la madre, para re-nacer simbólicamente como varones adultos del útero ceremonial de los hombres, me hizo re-plantearme de forma radical esas pautas de pensamiento con las que me había habituado a pensar.

He explicado antes que la advertencia de una alumna me había conducido leer detenidamente los textos académicos y a concluir que la noción de lo humano con que se elabora el discurso de las ciencias sociales, y que aprendemos a asumir como ye consciente del pensamiento racional, no corresponde a lo humano en general, ni siquiera a los se res humanos de sexo masculino; corresponde a un particular modelo de masculinidad cuyo sistema de valores y universo mental se deriva de esa pretensión anti-humana de dominar a otros seres humanos; un modelo, por tanto, que dice en contra de (o contra-dice) nuestra capacidad y aspiración humana de entendimiento.

El artículo de Ruth Benedict me permitió considerar este modelo contra-dictorio y anti-humano como un dogma conceptual asumido en el proceso de incorporación al mundo adulto, tras el largo y doloroso ritual iniciatico escolar.

Se trata de ese modelo al que hemos de adecuar nuestro comportamiento para que se nos re-conozca - y re-conocernos - miembros del colectivo adulto. Más aún, miembros de esa porción más restringida compuesta históricamente por los varones adultos, y que ocupa esos escenarios públicos en los que se re-presenta la jerarquía social. Porque, ciertamente, al haber rechazado, en mi adolescencia, incorporarme a aquel mundo de la feminidad adulta que detestaba por su servilismo, me había precipitado sin pretenderlo a ese reducto de la virilidad que quizás creí preferible por más razonable, menos sujeto a prejuicios; ese reducto que, sin embargo, a medida que me adentraba en él, cada vez me resultaba más jerárquico y competitivo, más falso y cruel: ese ambiente que exige no sólo pensar y hablar adoptando el arquetipo viril como yo consciente, sino, ante todo, ponerlo en práctica, adaptarse a su sistema de valores anti-humano hasta encarnarlo como una coraza.

Empezaba a comprender por qué, durante tantos años, había repetido unas explicaciones sobre la existencia humana en las que había desaparecido toda huella de mujer..., sin darme cuenta. Me había dedicado a asimilar una visión del mundo que partía de un dogma según el cual había que menospreciar las aportaciones de las mujeres a la existencia humana para poder ensalzar esa voluntad de dominar el mundo propia de la virilidad.

Simone de Beauvoir, en El Segundo Sexo[2], esa obra que un día me había ayudado a re-conocerme y reivindicarme igual a los hombres (no inferior a ellos), lo había expuesto con claridad: «La peor maldición que pesa sobre la mujer es estar excluida de esas expediciones guerreras: el hombre se eleva sobre el animal al arriesgar la vida, no al darla; por eso la humanidad acuerda superioridad al sexo que mata y no al que engendra.»

¿De qué mujer, de qué hombre, de qué humanidad habla Simone de Beauvoir? De la mujer con la que rechaza identificarse y de ese hombre con el que aún siendo mujer se identifica, de esa «humanidad» que «otorga superioridad al sexo que mata, y no al que engendra», expresión que no desmerecería en cualquier discurso del más puro belicismo viril. Y es que la filósofa reivindica «ser reconocida como existente al mismo título que los hombres, y no someter la existencia a la vida, el hombre a la animalidad», porque deplora que «en la maternidad la mujer permanezca adherida a su cuerpo como el animal».

Lo que asume y propugna Simone de Beauvoir, es, pues, esta valoración negativa del potencial reproductor de la mujer y hasta de la propia carnalidad, contrapunto simbólico indispensable para definir positivamente a ese «macho creador».

Y para alimentar su credulidad, no duda en afirmar que «la categoría del otro es tan original como la conciencia misma», y que «la alteridad es una categoría fundamental del pensamiento humano. Ninguna colectividad se d nunca como una si no coloca inmediatamente a lo otro o enfrente de sí (...) El sujeto no se plantea si no es bajo forma de oposición, pues pretende afirmarse como lo esencial y constituir al otro en inesencial, en objeto». Aunque también podemos pensar que, a la inversa, otorga credibilidad a oeste sistema simbólico que le atrapa entre la afirmación que niega y la negación pronunciada para poder afirmar, porque asume ese yo que se pretende superior al otro para legitimarse e la cúspide de la organización social, hasta el punto de generalizarlo como humano, para no dejar ya resquicio alguno la duda.

Pero yo ya no podía compartir su sistema de valores. Porque al tiempo que mi experiencia en el foro público me proporcionaba estas pistas, mis relaciones personales y más aún mi maternidad me suministraban otras, vivencias al fin también de hembra a mi cuerpo adherida. Y al 1eer y releer los textos académicos, replicaba, satisfecha: la humanidad nace de mujer. Sin que me tentara siquiera el juego de invertir los términos. Desde los pálpitos de mi cuerpo entreabierto.

Nacida de mujer. He aquí la clave que me proporcionó Adrienne Rich[3]. Y en El no de las niñas de Martha Moia[4] encontré rastros de formas de existencia humana que aceptaban sin complejos re-conocerse nacidas de mujer, sin que ningún dogma viril enturbiara esta evidencia. Y me descubrí celebrando con ellas mi tránsito de licenciado a mujer que reflexiona sobre nuestro mundo.

En verdad, nuestro conocimiento vivencial nos dice que nacemos de entrañas maternas... Pero hemos aprendido a re-conocernos descendientes de varón, a creer que la cultura humana es producto viril.

Sin embargo, lo peor no es que los textos proclamen que en el principio fue el Padre, Zeus, Yahvé... El Cazador... Lo peor es que de este modo aprendemos a creer que la voluntad de unos seres humanos de dominar a otros es natural, con-sustancial a la existencia humana. Más aún: esta creencia alimenta el menosprecio por nuestra capacidad y aspiración humana al entendimiento gratuito, al identificarla como inferior.

No se trata, pues, de un simple travestismo sexista. En la medida en que, como explica Vigotsky, al acceder a la adultez pasamos de «razonar recordando» a «recordar razonando»[5], esto es, a no recordar ya conscientemente nada más que lo que hemos aprendido a ordenar racionalmente, asumir el dogma conceptual del arquetipo viril implica asumir el sistema de valores y el universo mental propio de esos seres humanos que pretenden dominar a otros, ese sistema simbólico mito-lógico que traduce nuestra capacidad de entendimiento en fórmulas propias de quienes se consideran con derecho a dominar el mundo: implica, pues, adoptar su punto de vista hasta reaccionar de acuerdo con semejantes propósitos.

Ciertamente, tampoco podía encontrar el antídoto en aquella maternidad que me había angustiado hasta provocarme un profundo rechazo. Siempre he sospechado que bajo unos ademanes sumisos y serviles, aparentemente ingenuos, esconde su complicidad con la prepotencia viril: que aunque los hombres y las mujeres adultos representan papeles sexistas antagónicos, siempre suelen apoyarse mutuamente y reforzarse frente a las criaturas.

Y es que, sin una madre que imponga a las criaturas carne de su carne unas distancias jerárquicas y les obligue a sacrificar lo que les agrada sentir porque no debe ser, no aceptaríamos sacrificar nuestra capacidad erótico-vital y nuestra tendencia al entendimiento en aras de esa voluntad de dominar el mundo simbolizada como lo que debe ser por tanto, difícilmente nos doblegaríamos a esa ley del padre que dictamina minuciosamente dónde, cuándo, cómo, por qué y para qué debemos actuar según lo que debe ser. No asimilaríamos, pues, esa razón adulta que hemos asumido como pensamiento consciente, y que proclama la pretensión de unos se res humanos de dominar a otros.

En nuestra cultura, se trata de esa madre simbolizada como mujer-virgen y que, en palabras de San Agustín, no procrea hijos de la carne, sino hijos de la promesa[6]. Una hembra que se afirma negándose a identificarse con esas otras a las que califica de cualquiera, y que ensalza esa maternidad virginal (que suele ser además hipócrita), paradoja imaginaria y contra-dictoria de nuestros impulsos erótico-vitales. No en vano el tabú del incesto, que bloquea la tendencia a la con-fusión carnal, es el gran cancerbero del sistema jerárquico capaz de transmutar las relaciones de tú a tú en relaciones adecuadas a los objetivos posesivos, jerárquico-expansivos.

Por eso, al llegar a este punto los fantasmas se multiplican y abren sin piedad las heridas de nuestra infancia que más nos escuecen. Porque aquí topamos con los sentimientos que nos hemos habituado a asfixiar, con toda la irracionalidad que hemos aprendido a ahogar: con esa sacralidad que al retumbar en nuestras entrañas conmueve nuestra sentimentalidad primaria hasta provocarnos tanta angustia que re-accionamos sin querer inmolando nuestros impulsos en aras de... lo que debe ser. No en vano, los dogmas asumidos desde la infancia se anclan en lo más hondo de nuestra conciencia vivencial Son difícilmente cuestionables. Porque la dogmática impide dudar de las creencias que impone: se impone como sistema de creencias. Y ponerla en crisis e intentar des-aprenderla implica arriesgarnos a prescindir de ortopedias con las que nos hemos habituado a vivir..., aunque se hayan convertido en hechuras asfixiantes. Quizás en esto consiste la adultez: en re-accionar al son de los pánicos que mecieron nuestra infancia... haciendo ver que no nos afectan, como si ya no nos doliera doblegarnos a sus exigencias.

Precisamente, mi vivencia de la maternidad, ahora ya como madre, me permitía detectar hasta qué punto este papel estaba impregnado de fantasmas jerárquicos, posesivos. ¡Cuántas veces me había sorprendido a mi misma enarbolando las mismas amenazas que tanto miedo me habían infundido en mi infancia! No. No se trataba de refugiarse en el reducto privado y en la máscara de aquella feminidad adulta. Había que abandonarse a esas situaciones en las que, sin saber cómo, permitimos que las criaturas nos hagan desistir de nuestra rectitud adulta[7], había que ejercitarse mil veces en desaprender los papeles hasta diluir el miedo al ridículo y resucitar la conciencia de que mujeres y hombres no somos más que criaturas nacidas de la con-fusión erótica de otras criaturas. Había que alimentar otra maternidad más amistosa y cálida, más tangible, más carnal para reconciliarnos con esas criaturas que en el fondo somos, ya sin temor alguno a re-conocernos a flor de piel.


 

[1] Benedict, R., Continuidad y discontinuidad en el condicionamiento cultural, en Horowitz, I. L., Historia y elementos de la Sociología del Conocimiento, vol. I., EUDEBA, Buenos Aires, 1974 (3a.).

[2] De Beauvoir, S., El segundo sexo, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1968, 2 vols.

[3] Rich. A., Nacida de mujer. La crisis de la maternidad como institución y como experiencia, Noguer, Barcelona, 1978.

[4] Moia, M., El no de las niñas. Feminario antropológico, LaSal, Barcelona, 1981.

[5] Citado por Luria, A. R., Los procesos cognitivos. Análisis sociohistórico, Fontanella, Barcelona, 1980.

[6] San Agustín, La Ciudad de Dios.

[7] Aquí quiero recordar el poema de Lizano de Berceo, Las personas curvas, en Lo unitario y lo diverso, Barcelona, Lumen, 1990.