La finca común

Publicado en El Periódico de Catalunya, 1990-X-31

       Una reflexión acerca de las relaciones entre lo privado, lo público y la voluntad de dominar el mundo permite entender que la izquierda re-conozca al fin sus intereses en la finca común.

        El reciente interés de la izquierda por la casa común parece indicar que empezamos a llamar a las cosas por su nombre, condición imprescindible para una vida política más nítida.

        Porque una de las falacias del análisis marxista de la Historia - aquella explicación del pasado que legitima la existencia de la izquierda - es haber restringido la atención a los escenarios, los personajes y las actuaciones públicas, y haber ignorado lo privado y doméstico, confundiendo la parte por el todo al reducir lo social a lo político. Y es que, desde Marx y Engels, la izquierda ha compartido con la derecha un punto de vista viril y limitado a lo público. Por ejemplo, en el Manifiesto Comunista las mujeres no somos consideradas sujetos de la Historia, sino tan sólo objeto de negociación entre los proletarios y los burgueses, junto con los restantes bienes de producción. Esta perspectiva ha repercutido en un pensamiento político que, a pesar de haber llamado la atención sobre la importancia de la propiedad privada, al reducirla a las dimensiones que adopta en las negociaciones políticas y mercantiles, no ha sido capaz de sacar todas las consecuencias, o sea, que es precisamente en nuestras casas donde disfrutamos de la propiedad unos y otras (las feministas de izquierdas incluso olvidamos aquel principio tan catalán que las madres conservadoras inculcan a su prole: "Al patrimoni pel matrimoni"). Por eso me alegra que la izquierda crezca ahora entonando a coro el suspiro de aquel extraterrestre: ¡Mi casa!

        Pero para ampliar la visión de la vida social hasta poder percibir todos los hilos que entretejen lo privado y lo público es preciso abordar una segunda falacia, m s sutil y pertinaz que la primera: la creencia en que la voluntad de dominar el mundo es natural, consustancial a cualquier ser humano, destino ineludible de nuestra existencia e incluso signo de superioridad y progreso. Este dogma, propio también de ese comportamiento viril que hay que encarnar para actuar en los escenarios públicos y que, por tanto, la izquierda comparte con la derecha, con la Ciencia y con la Religión (cada cual elabora su versión del bíblico "creced y multiplicaos y dominad la Tierra"), impide advertir el carácter anti-humano de cualquier pretensión de unos seres humanos de dominar a otros hasta ignorar cuantas actuaciones humanas no comulgan con él, y se nutre de silenciar las repercusiones de semejante propósito expansivo en esos beneficios privados que saboreamos cotidianamente.

        Y, sin embargo, es obvio que la voluntad de dominar el mundo más allá del espacio y del tiempo, y según las dimensiones y formas que adopta la expansión, repercute en la vida del colectivo que la practica. Ante todo, transmuta sus relaciones con el entorno y con otros seres humanos en términos de posesión: convierte el territorio en una finca que se distribuye en parcelas privadas y en esas otras parcelas que llamamos públicas y que han sido construidas, institucional y arquitectónicamente, como escenarios para la representación del poder; as¡, se distingue entre poseedores y desposeídos, herederos y desheredados (y por eso el nombre de la Patria o Nación, con o sin Estado, emociona según el patrimonio que se posee o se sueña conseguir). Pero, además, requiere incrementar constantemente el número de especialistas es ejecutar, perpetuar y ampliar el dominio, incremento que, como es lógico, repercute en el reparto del botín.

        Es, pues, el crecimiento de la finca lo que justifica y amenaza la existencia de las minorías dominantes, porque exige hacer partícipes de la herencia a gentes hasta entonces desposeídas y desheredadas, que acaban obteniendo una parcela, una casa, y participando en la vida pública: pensemos en la incorporación al cuerpo político de los hijos segundones (burguesía), los ilegítimos (proletariado) y las hijas (feminismo), hasta constituir esa tercera parte de la humanidad que disfrutamos hoy de la sociedad del despilfarro a expensas de la mayoría marginada en bolsas de miseria. De modo que lo doméstico aparece ya con todo el esplendor que exhibe en la publicidad, la prensa del corazón, el diseño... y deslumbra nuestra sentimentalidad; mientras que esas querellas públicas de las que nos dan cuenta la prensa llamada de información general y los noticiarios radiofónicos y televisivos expresas los conflictos y alianzas entre conservadores y modernizadores de la finca que, al son de las finanzas transnacionales, se disputan el reparto racional de los beneficios en esta fase de la conquista de la Tierra desde el espacio.

        Por eso sin duda la izquierda re-conoce al fin sus intereses en esta finca común.

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