Prólogo, de Celia Amorós Puente

Me siento un tanto "arquetipo viril" al prologar este trabajo de Amparo Moreno. Hacer el prólogo de un libro tiene, según las convenciones al uso, ciertas connotaciones de legitimación, en el sentido patriarcal de la genealogía, que una feminista no puede asumir sino en la ironía y de forma un tanto paradójica. Por mi parte, las asumo encantada: si el patriarcado, en el fondo, ha sido sabio monopolizando las instancias de la legitimación de la vida, y poniendo de manifiesto que la vida no se define como vida humana sino en la medida en que la transcendemos y la legitimamos, -ya sé que Amparo teóricamente no está de acuerdo en esto-, nosotras no vamos a ser menos sabias por ser más críticas. Intentaremos, pues, en nuestras prácticas de novatas en el espacio público -el espacio del reconocimiento, al fin y al cabo- buscar, en el pacto entre señoras -en el que quizás, por no ser sectarias, se puede incluir excepcionalmente a algún que otro varón siempre que se comporte cual señora caballerosa-, nuestras formas de legitimación recíproca, instituyendo así un nuevo espacio de las iguales.

El trabajo de Amparo Moreno es estimable y sugerente por varias razones. La principal, en mi opinión, porque pone de manifiesto hasta qué punto la crítica antipatriarcal -ella prefiere hablar de no-androcentrismo, y no vamos a entrar aquí en la discusión de sus argumentos- es una ascesis, un ejercicio en el que no cabría relajarse, ni bajar la guardia en ningún momento sin "darle la razón al vencedor". Sus ejercicios, disciplinados y tenaces, la llevan a mantenerse, podríamos decir, en forma no androcéntrica, con una agilidad mental sorprendente, cual caza dora, de caza mayor donde la haya -con perdón-, en permanente estado de alerta para que no le den gato por liebre. Para que no se le cuele ningún aner (varón) por anthropos, adoptando la impostura de lo genérico humano, ese "club tan restringido", que decía Jean Paul Sartre. Amparo tiene una sana obsesión por los referentes del discurso, obsesión que, comunicada a alumnos, audiencias y lectores por la excelente pedagoga que es, constituye y constituirá una fuente de salud epistemológica, así como no dejará de propiciar ciertas prácticas de higiene mental por las que siempre habría que pasar como propedéutica a toda política.

Y ya que a la política hemos llegado, hablemos de "la otra política". De esa curiosa relación, cuyo carácter político consiste en hacerse pasar por no política -como agudamente lo vio en su día Kate Miller-, y Amparo Moreno analiza, desde su método no-androcéntrico, aplicándolo a un texto tan canónico como La Política de Aristóteles. Texto cuya proyección histórica llega hasta nuestros días en medida mucho mayor de lo que se podría creer: en filosofía política hay un resurgimiento de neoclasicismo, por ceñirnos solamente a la línea que explícitamente "se reclama" del magisterio aristotélico. Haberse centrado en este texto para someterlo a una disección analítica prácticamente exhaustiva, como hizo Amparo en la tesis de doctorado que hoy, por fin, aparece como libro, no es uno de sus menores méritos. Pone de manifiesto un agudo olfato intuitivo -una vez más de cazadora, qué le vamos a hacer, pero que se acompaña de la paciente y menos vistosa práctica de la recolectora de "opacidades", de primero y de segundo grado, del discurso androcéntrico- a la hora de elegir para la crítica los blancos más pertinentes. Y, precisamente, su opción de enfocar preferencialmente -por no decir "centrarse", desde una perspectiva que se quiere radicalmente no-androcéntrica- el espacio pre-cívico, no para hacer de él un espacio meramente paralelo al espacio cívico ni para privilegiarlo como perspectiva alternativa -como se le podría quizás reprochar a ciertos planteamientos de la Herstory o al gino-centrismo-sino para encontrar en él claves fundamentales para la compresión del propio espacio cívico, le lleva a reconstruir el puzzle de la ordenación de los libros de La Política, que tantos quebraderos de cabeza han dado a sesudos intérpretes, con la sorprendente sencillez, elegancia y economía explicativa que se desprende de la aplicación de un algoritmo tan simple como el huevo de Colón. Pero el huevo de Colón, como muy bien sabe Amparo, es precisamente ese huevo que el saber académico al uso, reviste de sofisticadas cáscaras superpuestas como los huevos de Pascua, haciéndonos especialmente apremiante la tarea, académica al fin, de un minucioso descascarillado. En el caso de "la otra política", la operación no androcéntrica, como prefiere decir Amparo Moreno, consiste en identificar en sus verdaderos términos el interés, en el sentido de Habermas, que se encuentra en la base del pensamiento aristotélico, y que no es sino "la organización patrimonial", interés para cuya percepción los prejuicios androcéntricos han servido de "obstáculo epistemológico". En efecto "las cuestiones en torno a la organización patrimonial, que Aristóteles desarrolla en el libro 1, le preocupan preferentemente al hacer su crítica a diferentes propuestas de constituciones políticas. Por tanto, dice Amparo Moreno... la comprensión de la oikonomia, tal como se analiza en el libro I, condiciona la comprensión de este segundo libro, por lo que he considerado más propio comentarlo bajo el epígrafe "repercusiones de la oikonomia en la politiké". La traducción del término griego oikonomia por "administración patrimonial", propuesta por Amparo en lugar de los usuales de "casa" o "familia", -en las que resuenan, con anacrónicos efectos retrospectivos, connotaciones modernas de nuestras concepciones de espacio privado, correlativas a las de la noción de economía cuando resultó más tarde históricamente desprendida de estos contextos, que la redefinen hasta el punto de no poder considerarla un concepto unívoco-, es la piedra angu lar de su interpretación. Interpretación que tiene, entre otras, la ventaja epistemológica de reducir a seudo-problemas o, si se quiere, a problema cuyo planteamiento sólo cobra sentido en función de los propios prejuicios, la perplejidad de un estudioso de Aristóteles tan autorizado como Jaeger ante el hecho de que el Estagirita deje pendiente el tema de la discusión acerca del matrimonio y de los hijos, el problema de la familia, para hacer lo "cuando hablemos de las diferentes formas de gobierno". La carga de la prueba de la no-pertinencia de hacerlo así, más le compete a decisiones de Jaeger en torno a las pertinencias que al propio Aristóteles. El, por su parte, parecía tener claro cuál era el "lugar natural" de la discusión, y su opinión por una forma de ejercicio del poder en que se turnen "los iguales" sobre aquélla en que, como en la utopía platónica, mandarían siempre los mismos sobre -ya precarias- bases míticas de legitimación, se encuentra en una relación profundamente orgánica con su preferencia por una modalidad de pacto patriarcal en que las mujeres fueran controladas en el espacio privado de cada varón, versus la fórmula platónica de la comunidad de bienes y mujeres entre los guardianes.

La articulación entre el espacio cívico y el precívico, por llamarlo así, a la luz de la crítica de Amparo Moreno, cobra una nueva inteligibilidad, poniendo de manifiesto las virtualidades de nuevas hermeneúticas desarrolladas por las mujeres que, desde distintas opciones y supuestos metodológicos, piden al discurso académico ajustes de cuentas con sus propias pretensiones de neutralidad y universalidad.

Celia AMOROS PUENTE