Introducción

"-El otro día leí en un libro -añadió Andrés burlonamente-
que un viajero cuenta que en un remoto país los naturales le
aseguraron que ellos no eran hombres, sino loros de cola roja.
¿Usted cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno se vea
las plumas y la cola?"

"-Sí; creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, hay
que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una
regla común, una disciplina, una organización, se necesita fe,
una ilusión, algo que, aunque sea una mentira salida de nosotros
mismos, parezca una verdad llegada de fuera..."

Pío Baroja. - El árbol de la ciencia

En el verano de 1981 me sentía apremiada por diversas circunstancias a concluir mi Tesis Doctoral. Según el título que había registrado en la Facultad de Historia de la Universidad de Barcelona, me había propuesto analizar en ella "las raíces históricas de la problemática actual de la comunicación social": aproximarme al complejo fenómeno de la comunicación social, y al lugar que en ese marco juega la comunicación de masas, desde una perspectiva histórica.

Esta indagación obedecía, en primer lugar, a la pretensión de formular una Historia General de la Comunicación Social, asignatura que imparto desde hace más de diez años en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Este proyecto exigía clarificar una serie de cuestiones teóricas derivadas de tratar de articular las aportaciones de la Historia y otras Ciencias Sociales en torno al fenómeno de la comunicación social. Desde la perspectiva marxista de la que partía -desde la pretensión de una historia total o global en la línea de Pierre Vilar y otros historiadores-, había que atender a las relaciones entre condiciones materiales de existencias y superestructuras jurídico-políticas e ideológicas; y en este intento contaba con los numerosos trabajos realizados en los últimos años en torno a lo que se ha dado en llamar la historia de las mentalidades, y con otros que, más allá de esta clasificación, se sitúan en esa historia social de la que Fernand Braudel ha trazado algunos de los itinerarios más fecundos. Contaba también con las aportaciones de investigaciones diversas en torno a la comunicación de masas y la información, así con las de la Semiótica cultural de Yurij M. Lotman y la Escuela de Tartu, que nos aproxima a la cultura como un sistema de sistemas de signos y a la historia como un proceso de transmisión diacrónica de información; y especialmente con las de una Teoría de la Información que, de Nobert Wiener a Abraham Moles y Edgar Morin, nos conducen a comprender toda actividad humana como actividad comunicativa, por tanto a prescindir de la dicotomía categorial que contrapone "lo material" a "lo ideológico" o "espiritual" y, así, a considerar unitariamente la materialidad de lo ideológico y la ideología que emana de lo material.

En consecuencia, la Historia de la Comunicación Social exigía y a la vez debía permitir el conocimiento histórico -es decir, global y dinámico- de la vida social, entendida como organización de las relaciones comunicativas establecidas en el seno de los colectivos humanos y entre éstos y su entorno.

Pero, además, esta indagación me remitía constantemente a la práctica de la vida social y a mi propia práctica personal, al mismo tiempo que las circunstancias históricas de aquella transición política de finales de los setenta me incitaban a proseguir mi indagación para mejor comprender lo que nos estaba sucediendo. De ahí mi preocupación por la relación entre teoría y prácticas políticas, entre unos planteamientos políticos que predican propugnar cambios radicales de la vida social y su incapacidad para incluir aquellas transformaciones que afectan a la vida cotidiana, concretamente a las relaciones entre mujeres y hombres. Al análisis de estas contradicciones dediqué algunos artículos y mi primer libro, Mujeres en lucha. El movimiento feminista en España.

No obstante, al iniciarse el curso 1979-80 una alumna pudo reprocharme, con razón, que mi programa era "tan machista como todos los de esta casa". De modo que me di de bruces con mis propias contradicciones y ya no pude eludir por más tiempo, interrogarme también por el papel que las mujeres habíamos desempeñado en las transformaciones históricas de la existencia humana, y ahondar así en las contradicciones entre lo que explicamos y lo que hacemos.

Si la Historia que yo había aprendido y a mi vez exponía en clase, si el discurso histórico había olvidado la existencia de al menos la mitad de la población, ¿a quién se refería cuando postulaba que "el hombre es el protagonista de la historia"? ¿Podía yo, siendo mujer, identificarme con ese "hombre" en tanto que "hombre soy y nada humano me es ajeno", tal como había creído hasta entonces? Empecé a prestar atención a las referencias a la mujer y a las referencias masculinas que encontraba en los diversos textos que leía, a fin de clarificar en qué medida los masculinos generalizan lo humano, tal como habitualmente presuponemos, o no. Y así fue como di en realizar lo que posteriormente definí como ejercicios de lectura crítica no-androcéntrica.

Esta resultó ser la cuestión clave: clarificar a qué seres huma nos se refieren los textos, de qué mujeres, de qué hombres, de qué noción de lo humano se habla, me remitió a los problemas teóricos de la articulación entre las distintas divisiones sociales relacionadas con la clase social y el sexo, la raza y también la edad, y con las diferentes formas de poder que confluyen en una organización social jerárquica, compleja y centralizada como la nuestra; a notar la importancia de los modelos de comportamiento en la materialización de las divisiones sociales como productos de un sistema imaginario de clasificación social, generador de prototipos de comportamiento articulados, y a entender en ese marco el papel que las instituciones y medios de comunicación social juegan en la re-producción de las pautas de actuación; de ahí, a las contradicciones entre cómo aspiramos a vivir y los papeles que hemos aprendido a representar de acuerdo con la normativa social; por tanto, a la repercusión que tales medios de comunicación tienen en las relaciones interpersonales y, así, a la articulación entre los ámbitos "público" y "privado".

En definitiva, en palabras de Edgar Morin en el Prólogo a su obra El paradigma perdido, el paraíso olvidado, "creo, únicamente, que me planteaba una de estas cuestiones ingenuas, banales, evidentes, que todos solemos plantearnos entre los siete y los diecisiete años, y que luego se inhiben, se reprimen, se asfixian y se ridiculizan en cuanto entramos en las Universidades y en las Doctrinas..."

Había llegado a la conclusión de que en las raíces de la génesis histórica de la organización actual de las relaciones sociales comunicativas, y en las raíces simbólicas de las que se desprenden las formas de explicar la existencia humana validadas institucionalmente como verídicas, anidaba una contradicción elemental, un decir en contra de la capacidad y la voluntad humanas de entendimiento, que orienta tales explicaciones no hacia un conocimiento comprensivo capaz de transformar la vida social en formas más humanas, sino hacia un conocer para dominar, hacia formas de saber vinculadas a la voluntad y el ejercicio del poder.

De hecho -concluí-, si tales formas de explicar la existencia humana, si la Historia y las restantes Ciencias Sociales no permiten articular hoy una explicación comprensiva de nuestra injusta vida social, capaz de orientar y transformar las relaciones sociales imperantes en relaciones más humanas, es porque no han sido concebidas para tales propósitos sino, todo lo contrario, por que fueron concebidas históricamente como instrumentos para la implantación y perpetuación de una organización social tras pasada por relaciones jerarquizadoras, y para la legitimación de tal forma de organización social. Porque se hallan viciadas de raíz de modo que conducen, como ineludiblemente, una y otra vez, hacia formas de conocimiento vinculadas al ejercicio del poder y, así, a dar nueva racionalidad al sistema, a versiones modernizadas del mismo tema.

Precisamente, su capacidad para legitimar el orden social imperante se deriva de presentar como naturales las formas de organización social jerárquicas propias de una voluntad de dominio expansivo; y su potencial coactivo, su poder de ordenar la vida social de acuerdo con tales postulados es, en buena parte, el producto de presentar tal explicación como verídica, fruto, pues, de su poder de persuasión disuasoria.

En fin, llegué a la conclusión de que en las raíces históricas de la problemática actual de la comunicación social aparecía un decir en contra de las aspiraciones y la capacidad humana de entendimiento en el que se fundamentaba la valoración positiva de la voluntad de dominio de unos seres humanos sobre otras y otros hombres y mujeres. Y esa construcción simbólica, ese negar para poder afirmar, esa contra-dicción primera, constituía lo que con palabras de Ruth Benedict, podemos designar como un dogma conceptual primordial que se plasma en lo que di en llamar el arquetipo viril.

Es decir: el discurso de las Ciencias Sociales, las explicaciones académicas y también otras legitimadas institucionalmente como portadoras de verdad, aparecían articuladas a partir de conceptualizar como lo humano, en sentido genérico y universal, una forma particular de existencia humana vinculada a unos particulares propósitos y que por tanto implica un sistema de valores partidista; una conceptualización de lo humano fraguada por quienes, para ubicarse y legitimarse en el centro hegemónico -en el espacio desde el que se reglamenta la vida social-, se autodefinen superiores a base de definir inferiores a mujeres y hombres que no participan de su voluntad de poder; una abstracción correspondiente, pues, no a cualquier ser humano, mujer u hombre de cualquier condición, ni siquiera a cualquier hombre, sino a los miembros de lo que podemos definir como colectivos viriles hegemónicos: a varones adultos de raza y clase dominantes.

Esta conceptualización de lo humano a la medida del arquetipo viri4no sólo nos conduce a confundir lo particular con lo general, sino, además, a considerar natural un universo mental y un sistema de valores que cabe considerar anti-humano en la medida en que valora positivamente la voluntad de dominio de unos seres humanos sobre otros..., a base de definir negativamente y hasta excluir tomar en consideración la capacidad de entendimiento humana. Nos lleva, pues, a identificamos con un modelo humano contra-dictorio, a dar por válidas las formas de conocer y explicar el mundo derivadas de esa particular simbolización de lo humano; a creer que tales explicaciones pueden permitirnos un conocimiento comprensivo, capaz de producir formas de vida social más humanas: a confundirnos al confundir tales explicaciones -cuyo objetivo es el ejercicio del poder y su legitimación- con el conocimiento verídico y hasta verificable, y aún con el conocimiento por antonomasia fuera del cual no cabe sino el oscurantismo y la ignorancia.

En definitiva, el discurso de los científicos sociales y otros discursos públicos aparecían gobernados, profundamente, por la adopción de un punto de vista central, propio de quien se ubica en el centro hegemónico desde el que se reglamenta la vida social y correspondiente al yo consciente del saber, que se afirma hegemónicamente relegando a las márgenes de lo no-significativo o in-significante, de lo negado y hasta excluido, cuanto considera im-pertinente para valorar como superior y verídica la perspectiva obtenida.

Este punto de vista central, como he dicho, sería propio no ya de los hombres, de todos y cualquier ser humano de sexo masculino, sino de quienes, para ubicarse en el centro hegemónico de la vida social, asumen hasta encarnarlo el universo mental, el sistema de valores y las actuaciones propias del arquetipo viril. La palabra griega ANER, ANDROS, y la latina VIR, VIRI, se refieren justamente no a cualquier hombre de cualquier edad y condición, sino al hombre hecho, es decir, a aquel que ha asimilado los valores propios de la virilidad y, en consecuencia, se cree con derecho a imponerse sobre otras y otros mujeres y hombres. Por tanto, cabe hablar del orden andro-céntrico del discurso académico, orden que repercute en otros discursos públicos.

Como puede notarse, en la medida en que mis conclusiones cuestionaban pre-supuestos básicos del saber académico -esas suposiciones o hipótesis de partida que no solemos revisar y, en consecuencia, operan como dogmas-, se convertían en nuevos pre-supuestos de otras formas de explicar el problema que me planteaba.

No en vano, si pude llegar a formular así la hipótesis del arquetipo viril fue porque, desde hacía tiempo, me había dedicado a indagar en torno a la conceptualización de lo humano que aparecía en los diversos textos que leía y a contrastarlo con lo que yo -al fin y al cabo, miembro de la especie humana- experimentaba como tal. Y esa indagación me había exigido y a la vez me había conducido a re-considerar el universo conceptual y el sistema de valores con el que me había habituado a elaborar mis explicaciones académicas y políticas, operación posible sólo en la medida en que las contrastaba con otras explicaciones que, con frecuencia ni siquiera verbalizadas, me permitían alimentar unas relaciones interpersonales más satisfactorias y alimentarme con ellas.

De hecho, sólo cuando decididamente empecé a valorar positivamente mi propia capacidad y voluntad de entendimiento conmigo y con mi entorno natural y humano; desde el momento en que conscientemente me propuse no olvidar sino, además, tomar en consideración la aspiración y la capacidad humanas de entendimiento como dato significativo para formular una explicación comprensiva de nuestra existencia humana; sólo entonces empecé a notar que precisamente las formas de explicar el mundo legitimadas institucionalmente como válidas se hallan articuladas a partir de esta conceptualización de lo humano que cabe relacionar con un arquetipo viril y que pre-supone decir-en-contra de nuestro potencial de comunicación armónica: Tanatos fratricida frente a Eros productor y reproductor de vida.

Conveniente es que subraye que semejante investigación resultó fructífera, gozosamente fructífera, pues me dio ocasión de deleitarme con numerosas formas de relación que poco a poco me había habituado a considerar insignificantes, hasta tal punto las exigencias de las actuaciones pertinentes públicamente y las reglas del saber pueden tamizar nuestra capacidad de comunicación hasta impermeabilizar nuestra conciencia a todo lo que, aún cuando lo vivamos, no sabemos explicar de acuerdo con sus normas. No en vano, el tránsito a la adultez y, en especial, el ritual iniciático escolar: nos conduce, en palabras de Lev S. Vigotsky, de "razonar recordando" a "recordar razonando", es decir, a no recordar conscientemente más que lo que hemos aprendido a racionalizar. A la vez, tales experiencias me obligaban a abrir nuevos interrogantes y, así, a ampliar mi perspectiva teórica y viceversa. Pues ciertamente, como he indicado, no se trataba sólo de una mera especulación, sino de una indagación a la vez reflexiva y vivencial, e la que yo misma, renunciando premeditadamente a toda falacia objetivista, me situaba como sujeto cognoscente y objeto de conocimiento en quien la memoria histórica colectiva confluye configurando los rasgos básicos de la memoria personal y me ponía en juego a mí misma al tratar de comprender la relación entre prácticas y teorías, gestos y palabras, entre cómo vivimos y aspiramos a vivir y las diversas formas mediante las que nos hemos habituado a justificar los pánicos que gobiernan nuestras actuaciones.

Sin embargo, no pude leer mi Tesis en el plazo previsto, ni siquiera antes de que la Ley de Reforma Universitaria fuese aprobada inexorablemente en el Parlamento en 1983, por lo que pagué el tributo burocrático correspondiente y tentada estuve a renunciar a alcanzar el grado de Doctor con semejante aventura reflexiva.

Ciertamente, para poder elaborar académicamente mis conclusiones necesitaba ante todo tiempo, un tiempo lento y abierto a la incertidumbre en el que dejar sedimentar mis consideraciones y re en el que ensayar, una y otra vez, nuevos puntos de vista, ese tiempo que los tecnócratas administran con mezquindad Además, tenía que contar con el apoyo de lo que podemos llamar paternidades eruditas en cuyo orden discursivo, como explicara Michel Foucault, inscribir y legitimar genealógicamente mis palabras recurso básico de saber patriarca que ha sido desenmascarado por Celia Amorós. Pero todos los padres y hasta las madres revalidados académicamente partían, precisa mente, de la asimilación in dogmática, de la creencia en el pre-supuesto que yo necesitaba desarticular para dar paso a la elaboración de mi explicación. ¿Cómo demostrar que la identificación de lo humano con el arquetipo viril, vicia profundamente los más diversos textos del discurso académico, teniendo que utilizar las normas propias de un saber producido y re-producido para encubrir tal supuesto? ¿Cómo explicarlo aunque sólo fuera como sospecha, teniendo que adecuar mis pensamientos a las reglas de un discurso que justamente exige a sus iniciados que asuman el arquetipo viril como yo consciente?

En este mar de dudas me encontraba cuando los avatares de la vida me condujeron a los textos de algunos padres fundadores de ese saber académico, a Platón, a Aristóteles, a San Agustín... Y grande fue mi sorpresa al notar que todos ellos ex ponían con nitidez lo que yo había dado en llamar hipótesis del arquetipo viril, con una riqueza argumentativa tan abundante y precisa que ya no me cabía la menor duda de que mis conclusiones eran la lógica consecuencia de haberme comportado hasta entonces, sin casi darme cuenta, como el más adicto y fiel de sus discípulos.

Ciertamente, ellos se habían dedicado a construir el yo consciente con el que se formulan las explicaciones validadas institucionalmente como verídicas y con el que opera hoy el saber público, a definir sus rasgos básicos racistas y clasicistas, sexistas y adultos, propios del arquetipo viril, a formular su universo mental conceptual y, así, a fijar el sistema de valores que lo caracteriza. Pero mientras en sus textos estos rasgos aparecían diáfanamente expuestos y argumentados, en el discurso público actual, en el discurso político e informativo y en el de las Ciencias Sociales, se encubren estos pre-juicios y esta definición de lo humano a la medida del arquetipo viril resulta opaca: aparece como yo objetivo, no viciado por subjetivismos interesados, y se generaliza como humano, sin que se explicite ni el sistema de valores que sustenta ni las valoraciones negativas que le sirven para autodefinirse positivamente.

De ahí que no resulte excesivamente difícil detectar, en los textos de estos filósofos, lo que podemos definir como el orden androcéntrico del discurso, ese entramado derivado de ubicar en el centro de la explicación no a cualquier ser humano, ni siquiera a cualquier hombre, sino a quien se identifica con ese arquetipo viril hasta encarnarlo, a quien orienta sus actuaciones por una voluntad de dominio expansiva, explícita o implícitamente. Y que tengamos que hablar, sin embargo, de opacidad androcéntrica del discurso para expresar que actualmente ese modelo particular de actuación humana, ese arquetipo viril, aparece encubierto ya que nos hemos habituado a confundirlo con lo humano y a con fundirnos con él, a asumirlo como yo consciente y a generalizar sus rasgos, sin ser conscientes de que constriñe nuestra capacidad de comunicación y entendimiento y la orienta de acuerdo con sus propósitos y sistema de valores.

De este modo pude elaborar finalmente mi Tesis, que leí en octubre de 1984 y obtuvo el premio Clara Campoamor del Instituto de la Mujer del Ministerio de Cultura aquel mismo año. La comparación entre una lectura no-androcéntrica de la Política de Aristóteles, y lo que de esa obra dicen veinte libros de Historia del Pensamiento de amplio uso en la Universidad, me permitió mostrar pormenorizadamente el alcance de la hipótesis del arquetipo viril y de la opacidad androcéntrica del discurso académico. Una reelaboración menos académica de todo ello es lo que ofrezco en este libro.

Al publicar, por fin, este trabajo quiero dejar constancia del agradecimiento que siento hacia tantas personas que me han ayudado de formas diversas en esta aventura excéntrica. Ante todo, a Julián, Núria y Jofre, y a otras amigas y amigos que me han proporcionado el aliento imprescindible para que esta Tesis Doctoral no acabase conmigo...

Ciertamente, el ambiente universitario no me ha sido demasiado propicio, a no ser porque sus reglas del juego -en especial el engreimiento competitivo con el que se encubren las humanas debilidades- me han dolido hasta necesitar conjuradas así. Pero, también es cierto, porque me ha permitido conocer a numerosas personas sin cuyo apoyo habría naufragado en el intento. Así, el historiador Emili Giralt dirigió mi Tesis cuando era difícil predecir los resultados y otras voces profesorales me recomen daban -a menudo sin escuchar las cuestiones que pretendía comentar con ellos-  delimitar el objeto de estudio y atender a cuanto se publica en los centros más cotizados del imperio. También el historiador Antoni Jutglar me animó entonces a pro seguir y me indicó pistas fundamentales Román Gubern estuvo siempre dispuesto al diálogo y me proporcionó fecundas sugerencias y orientaciones eruditas que me ayudaron a desvelar interrogantes básicos. Miguel Moragas no ha dejado de confiar en mi proyecto de una Historia de la Comunicación Social. Y Celia Amorós y Victoria Camps enriquecieron los borradores de mi Tesis con su comprensión filosófica.

Además, en Teresa Cabré, Silvia Brando, Lourdes Mateu, Lourdes Borrás, Leonor Taboada, Martha Moia, Ana Yetano, Amparo Tuñón, Mireia Bofill, Mª Carmen García Nieto, Isabel Segura, Marta Selva, María Pont, Lola González Luna, Cristina Borderías, Luisa del Río, Hortensia Iturriaga, M. Jesús Izquierdo, Judith Astelarra, Margarita Dalton y otras compañeras de inquietudes, y en algunos compañeros, encontré esa comprensión humana e intelectual sin la que el aire académico se torna, a menudo, irrespirable. Particularmente grato es el recuerdo del apoyo que encontré en Mar Garayoa y Antonio Merino.

También quiero recordar ahora especialmente a todas aquellas personas que, con ocasión de haber sido mis alumnas y alumnos en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona durante estos años, me han incitado a dudar de mis verdades y me han acercado a otras que ignoraba, y me han ayudado a desaprender muchas cosas y a tener en cuenta otras que me había habituado a olvidar. Entre otras y otros, a Marié, Mayka, Lina Barber, Esther Crespo, Miguel González, Lola Lara, M. Dolores Montero, Toni Ortí, Pilar Piñeiro, Paulino, Paco Lobatón -que me ayudó a entender lo de los escenarios-, Ildefonso Ordóñez -que me condujo hasta el significado del silencio-... Y a Carlos Ruiz Caballero, por nuestra colaboración.

Mi agradecimiento también a María Rodríguez, por aceptar publicar este trabajo. A Carmen Llitjós, que revisó los términos griegos. Y a Ana Monjo, por no recordarme los plazos.