7 - Causas que originan las revoluciones y métodos para la conservación del poder

Tal como explica al comienzo del libro VIII, Aristóteles se propone estudiar en él,

"de una parte, el número y la naturaleza de las causas que producen las revoluciones en los Estados, los caracteres que revisten según las constituciones y las relaciones que más generalmente tienen los principios que se abandonan con los principios que se adoptan; de otra, indagaremos cuáles son, para los Estados en general y para cada uno en particular, los medios de conservación; y, por último, veremos cuáles son los recursos especiales de cada uno de ellos".

Como ya ha advertido en otras ocasiones, el filósofo considera que la principal causa de la diversidad de las formas políticas consiste en que,

"todos los sistemas políticos, por diversos que sean, reconocen ciertos derechos y una igualdad proporcional entre los ciudadanos, pero todos en la práctica se separan de esta doctrina",

en la medida en que dan un valor absoluto a una igualdad o una desigualdad que sólo es real y positiva en algunos aspectos, sea la libertad en la demagogia o la fortuna en la oligarquía. Por tanto,

"todos los sistemas, aunque justos en el fondo, son radicalmente falsos en la práctica. Y así los unos como los otros, tan pronto como no han obtenido, en punto a poder político, todo lo que tan falsamente creen merecer, apelan a la revolución. Ciertamente, el derecho de insurrección, a nadie debería pertenecer con más legitimidad que a los ciudadanos de mérito superior, aunque jamás usan de este derecho; realmente, la desigualdad absoluta sólo es racional respecto a ellos".

Las revoluciones operan de dos maneras:

"unas veces atacan el principio mismo del gobierno, para reemplazar la constitución existente por otra (...) Otras, a lo que aspiran los revolucionarios vencedores es a gobernar personalmente, observando la constitución".

Esto es frecuente en las oligarquías y en las monarquías. Pero.

"la desigualdad es siempre, lo repito, la causa de las revoluciones, cuando no tienen ninguna compensación los que son víctimas de ella. Un reinado perpetuo entre iguales es una desigualdad insoportable; y en general puede decirse que las revoluciones se hacen para con quistar la igualdad".

Esta igualdad puede ser respecto al número ("igualdad o identidad en masa, en extensión"), o respecto al mérito (igualdad proporcional)

"Lo más prudente es combinar la igualdad relativa al número con la igualdad relativa al mérito. Sea lo que fuere, la democracia es más estable y está menos sujeta a trastornos que la oligarquía. En los gobiernos oligárquicos la insurrección puede nacer de dos puntos, según que la minoría oligárquica se insurreccione contra sí misma o contra el pueblo; en las democracias sólo tiene que combatir a la minoría oligárquica. El pueblo no se insurrecciona jamás contra sí propio, o, por lo menos, los movimientos de este género no tienen importancia. La república en que domina la clase media, y que se acerca más a la democracia que a la oligarquía, es también el más estable de todos los gobiernos."

Todas estas apreciaciones de carácter general, sirven de introducción a una detallada exposición de las que considera causas más frecuentes de las revoluciones.

La primera, la ya indicada voluntad de igualdad (democracia) o de desigualdad (oligarquía). Pero también existen otras: alcanzar fortuna y honores, o evitar la oscuridad y la miseria, el insulto, el miedo, la superioridad, el desprecio, el acrecentamiento desproporcionado de algunas partes de la ciudad, la negligencia, las cábalas, la diversidad de origen y otras menos perceptibles.

"Pero el más poderoso motivo de desacuerdo -dice- nace cuando están la virtud de una parte y el vicio de otra; la riqueza y la pobreza vienen después; y por último vienen todas las demás causas".

Otras veces se producen por problemas pequeños que, cuan do afectan a los dirigentes políticos, adquieren mayor gravedad, como las cuestiones matrimoniales. En otras ocasiones,

"todos los que han adquirido para su patria algún nuevo poder, sean particulares o magistrados, tribus u otra parte de la ciudad, cualquiera que ella sea, son para el Estado un foco perenne de sedición. O se rebelan los demás contra ellos por la envidia que tienen de su gloria; o ellos, enorgullecidos con sus triunfos, intentan destruir la igualdad de fuerzas entre las partes del Estado, que parecen entre sí enemigas; por ejemplo, entre los ricos y los pobres, cuando no hay entre ellos una clase media, o es poco numerosa la que hay".

Los principales procedimientos que se utilizan en las revoluciones son la violencia y la astucia.

A continuación, el filósofo se adentra en el análisis de los caracteres que adquieren las revoluciones según las distintas formas de gobierno:

"En las democracias las revoluciones nacen principal mente del carácter turbulento de los demagogos. Con relación a los particulares, los demagogos con sus perpetuas denuncias obligan a los mismos ricos a reunirse para conspirar, porque el común peligro aproxima a los que son más enemigos; y cuando se trata de asuntos públicos, procuran arrastrar a la multitud a la sublevación. Fácil es convencerse de que esto ha tenido lugar mil veces (...) Antiguamente, cuando un mismo personaje era demagogo y general, el gobierno degeneraba fácilmente en tiranía, y casi todos los antiguos tiranos comenzaron por ser demagogos. Estas usurpaciones eran en aquel tiempo mucho más frecuentes que lo son hoy, por una razón muy sencilla; en aquella época, para ser un demagogo, era indispensable proceder de las filas del ejército, porque entonces no se sabía toda vía utilizar hábilmente la palabra. En la actualidad, gracias a los progresos de la retórica, basta saber hablar bien para llegar a ser jefe del pueblo; pero los oradores no se convierten nunca o raras veces en usurpadores, a causa de su ignorancia militar, lo que hacía también que fueran las tiranías en aquel tiempo más frecuentes que en el nuestro, era que se concentraba poderes enormes en una sola magistratura (...) También debe añadirse que en aquella época los Estados eran muy pequeños(...)

En las oligarquías, las causas más ostensibles de tras torno son dos: una es la opresión de las clases inferiores, que aceptan entonces el primer defensor, cual quiera que él sea, que se presente en su auxilio; la otra, la más frecuente, tiene lugar cuando el jefe del movimiento sale de las filas mismas de la oligarquía (...) En cuanto a las causas exteriores que derrocan la oligarquía, pueden ser muy diversas. A veces los oligarcas mismos, aunque no los que ocupan el poder, producen el cambio, cuando la dirección de los negocios está concentrada en pocas manos, como en Marsella, en Istros, en Heraclea y en otros muchos Estados. Los que estaban excluidos del gobierno se agitaban hasta conseguir el goce simultáneo del poder, primero para el padre y el primogénito de los hermanos y después hasta para los hermanos más jóvenes. En algunos Estados la ley prohíbe al padre y los hijos ser al mismo tiempo magistrados; en otros prohíbe también serlo a dos hermanos, uno más joven y otro de más edad. En Marsella la oligarquía se hizo republicana; en Istros, concluyó por convertirse en democracia; en Heraclea, el cuerpo de los oligarcas se extendió hasta tal Punto, que se componía de seiscientos miembros. En Cnide la revolución nació de una sedición provocada por los mismos ricos en su propio seno, porque el poder no salía de los mismos ciudadanos, y porque el padre, como acabo de decir, no podía ser juez al mismo tiempo que su hijo, y de los hermanos sólo el mayor podía ocupar los puestos políticos El pueblo, aprovechándose de la discordia de los ricos y escogiendo un jefe entre ellos, supo apoderarse bien pronto del poder quedan victorioso, porque la discordia hace siempre débil al partido en que se introduce".

Estas explicaciones sobre los cambios Políticos nos hacen notar, en primer lugar, el papel de la palabra (del LOGOS) como arma Política; y también, la importancia que en las oligarquías, y en su transformación, juega el incremento de los miembros del cuerpo Político por la incorporación de los miembros de un mismo linaje familiar, de modo que podemos pensar que si en un principio se identificó al padre de familia o varón más anciano con el jerarca político (caso de las monarquías, como el propio Aristóteles explica), al asociarse distintos clanes familiares y pasar de las aldeas a las POLIS, como se explica en el libro 1, la autoridad de este conjunto de patriarcas debió dar lugar a las aristocracias y las oligarquía A medida que aumentó la dimensión de las ciudades-Estado, primero los primogénitos y después los demás hijos pugnaron por participar en el poder, no en vano el control de territorios cada vez más amplios requiere incrementar también el número de especialistas en el control y la consolidación de la expansión, por tanto ampliar el número de guerreros-ciudadanos.

Aristóteles considera también el carácter turbulento de lo oligarcas como uno de los fermentos revolucionarios que las oligarquías abrigan en su seno. Estos oligarcas se hacen demagogos, sea respecto a su propio grupo, sea respecto a grupo de menor riqueza. Puede suceder también que, una vez los oligarcas,

"han dilapidado su propia fortuna en medio de sus excesos".

preparen para sí o para otros la revolución. También, las discordias internas corroen la oligarquía:

"Cuando hay unión en la oligarquía, corre ésta poco riesgo de destruirse a sí propia (...) Pero la oligarquía está perdida cuando dentro de su seno nace otra oligarquía (...) Muchas veces la sedición reconoce como causa las violencias que los mismos oligarcas ejerce n unos sobre otros (...) Muchas oligarquías se han perdido a causa del exceso de su propio despotismo, y han sido derrocadas por miembros del gobierno mismo, quejosos por haber sido objeto de alguna injusticia. Esta es La historia de las oligarquías de Cnide y de Quios. A veces un hecho puramente accidental produce una revolución en la república y en las oligarquías. En estos sistemas se exigen condiciones de riqueza para entrar en el senado y formar parte de los tribunales y para el ejercicio e las demás funciones. Ahora bien, el primer censo se ha fijado con frecuencia atendiendo a la situación del momento, de lo cual ha resultado que correspondía el poder sólo a algunos ciudadanos en la oligarquía, y a las clases medias en la república. Pero cuando el bienestar se hace más general, como resultado de la paz o de cualquiera otra circunstancia favorable, entonces l propiedades, si bien son las mismas, aumentan mucho en valor, y pasan con exceso la renta legal o el censo, de tal manera que todos los ciudadanos concluyen por poder aspirar a todos los destinos. Esta revolución se verifica, ya en grados y poco a poco, sin apercibirse de ello, ya más rápidamente".

Por todo lo dicho ahora podemos notar que, si bien Aristóteles no atribuye los problemas políticos a la existencia del sistema de propiedad privada, éste juega un papel decisivo en los conflictos políticos, en las querellas entre los varones asociados en el cuerpo político, Recordemos que, en el libro II, al exponer su crítica a otras teorías políticas o constituciones, en especial a la teoría de Platón, negaba que la causa de los conflictos fuera la propiedad, y concluía que,

"Lo importante es no nivelar las propiedades sino nivelar las pasiones, y esta igualdad sólo resulta de la educación establecida mediante buenas leyes".

Sin embargo, si tomamos en consideración lo expuesto hasta ahora sobre las causas de las revoluciones, notaremos que, aunque no hace ninguna referencia directa al sistema de propiedad privada, las causas que expone tienen relación con los conflictos que se derivan del desigual reparto de la riqueza patrimonial, que repercute en la participación en el ejercicio del poder político. Su examen de los conflictos en las oligarquías muestra las tensiones que se dan entre los varones que han acumulado la mayor cantidad de bienes, al mismo tiempo que la distancia que separa a estos varones del modelo ideal viril esbozado en el libro III.

¿Qué sucede en las aristocracias, régimen que Aristóteles ha definido como gobierno de los varones virtuosos, de los mejores, en el que la virtud, y no la riqueza, tiene la máxima importancia?

"En las aristocracias la revolución puede proceder, en primer lugar, de que las funciones públicas son patrimonio de una minoría demasiado reducida. Ya hemos visto que esto mismo era un motivo de trastorno en las oligarquías; porque la aristocracia es una especie de oligarquía; pues en una como en otra el poder pertenece a las minorías, si bien éstas tienen en uno y otro caso caracteres diferentes".

Las revoluciones en las aristocracias se producen en tres

"Cuando está excluida del gobierno una masa de ciudadanos, los cuales, en su altivez, se consideran iguales en mérito a todos los que le rodean (...) Cuando hombres eminentes y que a nadie ceden en mérito, se ven ultrajados por gentes colocadas por encima de ellos (...) Por último, cuando se excluye de todos los cargos a un varón de especiales cualidades.

La revolución en las aristocracias nace igualmente de la miseria extrema de los unos y de la opulencia excesiva de los otros; y estas son consecuencias bastante frecuentes de la guerra. Tal fue la situación de Esparta durante las guerras de Mesenia, como lo atestigua el poema de Tirteo, llamado la Eunomia; algunos ciudadanos, arruinados por la guerra, habían pedido el repartimiento de tierras. En ocasiones la revolución tiene lugar en la aristocracia porque hay algún ciudadano que es poderoso, y que pretende hacerse más con el fin de apoderarse del gobierno por sí solo. Es lo que se dice que intentaron en Esparta, Pausanias, general en jefe de la Grecia durante la guerra médica, y Hannon en Cartago.

Lo más funesto para las repúblicas y las aristocracias es la infracción del derecho político, consagrado en la misma constitución. Lo que causa la revolución entonces es que, en la república, el elemento democrático y el oligárquico no se encuentran en la debida proporción; y, en la aristocracia, estos dos elementos y el mérito están mal combinados (...)".

Frente a estas tensiones continuas en los regímenes políticos controlados por minorías, Aristóteles considera que:

"las formas democráticas son las más sólidas de todas, porque en ellas es la mayoría la que domina, y esta igualdad de que se goza hace cobrar cariño a la constitución que la da. Los ricos, por el contrario, cuando la constitución les garantiza la superioridad política, sólo quieren satisfacer su orgullo y ambición. Por lo demás, de cualquier modo que se incline el principio del gobierno, degeneran siempre la república en demagogia y la aristocracia en oligarquía, merced a la in fluencia de los dos partidos contrarios, que sólo piensan en el acrecentamiento de su poder. O también sucede todo lo contrario, y la aristocracia degenera en demagogia cuando los más pobres, víctimas de la opresión, hacen que predomine el principio opuesto; y la república en oligarquía, porque la única constitución estable es la que concede la igualdad en proporción al mérito y sabe garantizar los derechos de todos los ciudadanos(...)

Esta mezcla de oligarquía, que encierran todas las aristocracias, es precisamente lo que facilita a los ciudadanos el hacer fortunas inmensas (...)

Las más de las veces las revoluciones se realizan en las aristocracias sin que nadie se aperciba de ello y mediante una destrucción lenta e insensible (...)"

Por tanto, estos varones que dirigen los asuntos públicos en las aristocracias, tampoco se identifican con aquellos varones modélicos de que ha tratado en el libro III. También queda claro que, si bien Aristóteles no quiere poner en tela de juicio el sistema de propiedad privada (por razones que ha expuesto fundamentalmente en el libro II), los conflictos que surgen en el seno del cuerpo político, incluso en la aristocracia, se derivan justamente de este sistema patrimonial, de las distintas posibilidades de acumulación y de la repercusión que la riqueza tiene en la participación en el poder. Quienes han acumulado mayores patrimonios, pretenden orientar la vida de la POLIS pero, en la medida en que se extiende la hegemonía estatal y esta tarea exige la participación de más gente, también éstos quieren tomar parte en el reparto de los beneficios, por tanto, en la gestión común de los negocios públicos que les afectan. Las discordias entre los más ricos, y entre éstos y los pobres, y el papel que sin embargo pueden jugar éstos en las estrategias expansivas de la POLIS, genera la dinámica política, las transformaciones históricas de los regímenes políticos.

Si la progresiva extensión de los Estados y su distinta repercusión en la acumulación de bienes, con las tensiones consecuentes debidas al reparto de estos bienes, lleva a que los regímenes se transformen, podríamos pensar que tales transformaciones pueden considerarse positivas, ya que, en definitiva, producen reajustes entre los miembros del cuerpo político, entre los que participan del poder. Pero Aristóteles es, ante todo, un acérrimo defensor de la estabilidad del poder, sea cual sea la forma que adopte. El hecho de que se plantee cuál es la mejor forma de gobierno, en sentido absoluto, y en sentido relativo, no le lleva a propugnar que las distintas organizaciones políticas deban pro ponerse adoptar estas formas, sino que, ante todo, le preocupa el mantenimiento del orden político, quizá porque piensa que, al fin y al cabo, cada forma de gobierno concreta depende de la realidad social de cada POLIS; o bien, a la inversa, concluye que cada forma política corresponde a las peculiaridades de cada POLIS porque, en definitiva, considera que lo fundamental es que el poder se conserve, cualquiera que sea la forma que adopte.

"En todos los Estados bien constituidos, lo primero que debe cuidarse es de no derogar ni en lo más mínimo la ley, y evitar con el más escrupuloso esmero el atentar contra ella ni en poco ni en mucho. La ilegalidad mina sordamente el Estado, al modo que los pequeños gastos muchas veces repetidos concluyen por minar las fortunas".

Por esta razón, Aristóteles hace, a continuación, un minucioso estudio de los medios que facilitan la conservación de los distintos regímenes políticos. El primero es este mantenimiento de la legalidad de que acaba de hablar. El segundo, no fiarse de lo ardides y sofismas que se urde contra el pueblo, pues,

"muchas aristocracias y también muchas oligarquías deben su duración no tanto a la constitución como a la prudente conducta que observan los gobernantes, así con los simples ciudadanos como con sus colegas, los cuales procuran, cuidadosamente, evitar toda injusticia respecto a los que están excluidos de los empleos, pero sin dejar nunca de contar con los jefes para la dirección de los negocios (...); porque, entre iguales, este principio de igualdad, que los demócratas creen encontrar en la soberanía del mayor número, es no sólo justo, sino también útil (...)"

La breve duración de las magistraturas es también un medio para prevenir, tanto en las aristocracias como en las oligarquías, la dominación de las minorías violentas, ya que,

"la duración demasiado prolongada del poder es únicamente la que causa la tiranía en los Estados oligárquicos y democráticos. Los Estados se conservan no sólo porque las causas de destrucción estén distantes, sino también a veces porque son inminentes; pues entonces el miedo obliga a ocuparse con doble solicitud del despacho de los negocios públicos. Así, los magistrados que se interesan por el sostenimiento de la constitución, deben a veces, suponiendo próximos los peligros que son lejanos, producir pánicos de este género (...)"

Sin embargo, dice, no es propio de espíritus vulgares reconocer los síntomas del mal, sino que tal perspicacia sólo es propia de buenos políticos.

"Para impedir en la oligarquía y en la república las revoluciones que la cuantía del censo puede producir, cuando permanece fija en medio del aumento general del numerario, conviene revisar las cuotas comparándolas con las del pasado todos los años, en los Esta dos en los que el censo es anual, y cada tres años o cinco en los grandes Estados. Si las rentas se han aumentado o disminuido comparativamente a las que han servido primero de base a la concesión de derechos políticos, es preciso poder en virtud de una ley elevar o rebajar el censo; elevarlo proporcionalmente al nivel que tenga la riqueza pública, si ésta ha aumentado; y reducirlo de igual modo, si ha disminuido. Si no se toma esta precaución en los Estados oligárquicos y republicanos, bien pronto se establecerá aquí la oligarquía, allí el gobierno hereditario y violento de una minoría; o la demagogia sucederá a la república, y la república o la demagogia a la oligarquía.

Un punto igualmente importante en la democracia y en la oligarquía, en una palabra, en todo gobierno, es cuidar de que no surja en el Estado alguna superioridad des proporcionada; así como dar a los cargos públicos poca importancia y mucha duración, más bien que conferirles de golpe una autoridad muy extensa; porque el poder es corruptor, y no todos los hombres son capaces de mantenerse puros en medio de la prosperidad (...)

Pero es sobre todo por medio de las leyes como con viene evitar la formación de estas superioridades temibles, que se apoyan ya en la gran riqueza, ya en las fuerzas de un partido numeroso. Cuando no se ha podido impedir su formación, es preciso trabajar para que vayan a probar sus fuerzas en el extranjero. Por otra parte, como las innovaciones pueden introducirse, en primer término, en las costumbres de los particulares, debe crearse una magistratura encargada de vigilar a todos aquellos cuya vida no guarde conformidad con la constitución (...) Por la misma razón es preciso no perder de vista el acrecentamiento de prosperidad y de fortuna que pueden adquirir las diversas clases de la sociedad (...) Debe procurarse: o confundir en una unión perfecta a pobres y a ricos, o aumentar la clase media, que sólo así se impide las revoluciones que nacen de la desigualdad".

Otro punto capital es, según el filósofo, impedir que los Cargos públicos enriquezcan a los que los ocupan, en especial en la oligarquía, pues a menudo no molesta tanto sentirse excluido de los cargos públicos, como ver que los magistrados se enriquecen a costa de los caudales públicos.

"Una administración pura, si es sostenible establecerla, es el único medio para hacer que coexistan en el Estado la democracia y la aristocracia, es decir, para poner de acuerdo las respectivas pretensiones de los ciudadanos distinguidos y de la multitud (...) De esta manera, además, los pobres se enriquecerán dedicándose a sus propios negocios, y las clases altas no se verán obligadas a obedecer a gente sin fundamento.

Por lo demás, para evitar la dilapidación de las rentas públicas, que se obligue a cada cual a rendir cuentas en presencia de todos los ciudadanos reunidos, y que se fijen copias de aquéllas en las fratrías, en los cantones y en las tribus; y para que los magistrados sean íntegros, que la ley procure recompensar con honores a los que se distinguen como buenos administradores.

En las democracias es preciso, impedir, no sólo el repartimiento de los bienes de los ricos, sino hasta que se haga esto con productos de aquellos; lo cual se hace en algunos Estados por medios indirectos. También es conveniente no conceder a los ricos, aun cuando lo pidan, el derecho de subvenir a aquellos gastos públicos que son muy costosos, pero que no tienen ninguna utilidad real, tales como las representaciones teatrales, las fiestas de las antorchas y otros gastos del mismo género.

En las oligarquías, por el contrario, debe ser muy eficaz la solicitud del gobierno por los pobres, a los cuales es preciso conceder aquellos empleos que son retribuidos. También debe castigarse toda ofensa hecha por los ricos a los pobres con más severidad que las que se hagan los ricos entre sí. El sistema oligárquico tiene también gran interés en que las herencias se adquieran sólo por derecho de nacimiento y no a título de donación, y que no puedan nunca acumularse muchas. Por este medio, en efecto, las fortunas tienden a nivelarse y son más los pobres que llegan a adquirir medios de vivir (...)

En general, conforme a nuestras teorías, todo lo que contribuye mediante la ley al sostenimiento del principio mismo de la constitución es esencial a la conservación del Estado. Pero lo que más importa, como repetidas veces hemos dicho, es hacer que sea más fuerte la parte de los ciudadanos que apoya al gobierno que el partido de los que quieren su caída. Es preciso, sobre todo, guardarse mucho de despreciar lo que en la actualidad todos los gobiernos corrompidos desprecian, que es la moderación y la mesura en todas las cosas (...)"

Pero hay un punto que es para Aristóteles el mejor antídoto contra la corrupción de los gobiernos, y, así, el mejor medio para su conservación:

"El punto más importante entre todos aquellos de que hemos hablado respecto de la estabilidad de los Estados, si bien hoy no se hace aprecio de él, es el de acomodar la educación al principio mismo de la constitución. Las leyes más útiles, las leyes sancionadas con aprobación unánime de todos los ciudadanos, se hacen ilusorias si la educación y las costumbres no corresponden a los principios políticos, siendo democráticas en las democracias y oligárquicas en las oligarquías; porque es preciso tener entendido que si un solo ciudadano vive en la indisciplina, el Estado mismo participa de este desorden. Una educación conforme a la constitución no es la que enseña a hacer todo lo que parezca bien a los miembros de la oligarquía o a los partidarios de la democracia; sino que es la que enseña a poder vivir bajo un gobierno oligárquico o bajo un gobierno democrático. En las oligarquías actuales los hijos de los que ocupan el poder viven en la molicie, mientras que los hijos de los pobres, endurecidos con el trabajo y la fatiga, adquieren el deseo y la fuerza para hacer una revolución. En las democracias, sobre todo en las que están constituidas más democráticamente, el interés del Estado está muy mal comprendido, porque se forman en ellas una idea muy falsa de la libertad. La igualdad es el derecho común; y esta igualdad consiste en que la voluntad de la mayoría sea soberana. Desde entonces la libertad e igualdad se confunden en la facultad que tiene cada cual de hacer lo que quiera: ‘todo a su gusto', como dice Eurípides. Este es un sistema muy peligroso, porque no deben creer los ciudadanos que vivir conforme a la constitución es una esclavitud; antes por el contrario, deben encontrar en ella protección y una garantía de felicidad".

La educación de los ciudadanos es, pues, la mejor forma de conseguir que los gobiernos sean los mejores posibles, cada cual a su estilo, y, por tanto, los más estables. Ya hemos visto el tratamiento que esta educación merece en la Política.

Finalmente, Aristóteles se propone estudiar las causas de las revoluciones en las monarquías y en las tiranías, así como los medios para la conservación del poder en estos regímenes.

"Las consideraciones que habremos de hacer respecto al destino de los reinados y las tiranías se aproximan mucho a las que hemos indicado con relación a los Estados republicanos. El reinado se aproxima a la aristocracia, y la tiranía se compone de los elementos de la oligarquía extrema y de la demagogia, así que para los súbditos es el más funesto de los sistemas, porque está formado de los malos gobiernos y reúne las faltas y los vicios de ambos. Por lo demás, estas dos especies de monarquía son completamente opuestas hasta en su mismo punto de partida".

Se refiere de nuevo a los rasgos que distinguen la monarquía de la tiranía y resume así las causas que pueden provocar la caída de estos regímenes:

"La tiranía puede ser derrocada, como cualquier otro gobierno, por un ataque exterior que venga de un Esta do más poderoso que ella y constituido bajo un principio completamente opuesto a ella (...) La tiranía encuentra en su propio seno otra causa de ruina cuando la insurrección procede de los mismos de quienes se vale (...) De las dos pasiones que son con más frecuencia causa de las conspiraciones contra las tiranías, el odio y el desprecio, los tiranos son siempre, por lo menos, acreedores de uno, que es el odio. Pero el desprecio que inspiran produce con frecuencia su caída (...)

Resumiendo diremos que todas las causas de las revoluciones que hemos asignado a la oligarquía exagerada y a la demagogia extrema, se aplican igualmente a la tiranía, porque tales formas de gobierno son verdaderas tiranías repartidas en muchas manos.

El reinado tiene que temer mucho menos los peligros de fuera, y es lo que garantiza su duración. En ella misma es donde debe buscarse las causas de su destrucción, que pueden reducirse a dos; la conjura de los agentes de que se vale, y la tendencia al despotismo, cuando los reyes pretenden aumentar su poder hasta a costa de las leyes.

En nuestros días no vemos que se formen reinados, y los que se forman son más bien monarquías absolutas y tiranías que reinados. El verdadero reinado es un poder libremente consentido con prerrogativas superiores. Pero como hoy los ciudadanos valen lo mismo en general, y ninguno tiene una superioridad tan grande que pueda aspirar exclusivamente a tan alta posición en el Estado, se sigue que no se presta asentimiento a la creación de un reinado (...) Es muy fácil derrocar un reinado, porque no hay rey desde le momento que no se le quiere tener; mientras que el tirano por el contrario se impone a pesar de la voluntad general".

No obstante todo lo que señala respecto a estos regímenes, Aristóteles no excluye de su tratado los consejos que cree oportunos para la conservación de las monarquías:

"El reinado, por ejemplo, se sostiene por la moderación. Cuanto menos extensas son sus atribuciones soberanas, tanto más probabilidad tiene de mantenerse en toda su integridad. Entonces el rey no piensa en hacerse déspota; respeta más en todas sus acciones la igualdad común; y los súbditos, por su parte, están menos inclinados a tenerle envidia (...)".

Mucho más espacio dedica a exponer los medios que con viene a la conservación de las tiranías, lo que demuestra que lo que le preocupa a Aristóteles es la perpetuación del poder, cualquiera que sea la forma que adopte:

"Reprimir toda superioridad que en torno suyo se levante; deshacerse de los hombres de corazón; prohibir las comidas en común y las asociaciones; ahogar la instrucción y todo lo que pueda aumentar la cultura; es decir, impedir todo lo que hace que se tenga valor y confianza en sí mismo; poner obstáculos a los pasa tiempos y a todas las reuniones que proporcionan distracción al público, y hacer lo posible para que los súbditos permanezcan sin conocerse los unos a los otros, porque las relaciones entre los individuos dan lugar a que nazca entre ellos una mutua confianza. Además, saber los menores movimientos de los ciudadanos, y obligarles en cierta manera a que no salgan de las puertas de la ciudad, para estar siempre al corriente de lo que hacen, y acostumbrarles, mediante esta continua esclavitud, a la bajeza y a la pusilanimidad: tales son los medios puestos en práctica entre los persas y entre los bárbaros, medios tiránicos que tienden todos al mismo fin. Pero he aquí otros: saber todo lo que dicen y todo lo que hacen los súbditos; tener espías semejantes a las mujeres que en Siracusa se llaman delatoras; enviar, como Herión, gentes que se enteren de todo en las sociedades y en las reuniones, porque es uno menos franco cuando se teme al espionaje, y si se habla, todo se sabe; sembrar la discordia y la calumnia entre los ciudadanos; poner en pugna unos amigos contra otros, e irritar al pueblo contra las clases altas, que se pro cura tener desunidas. A todos estos medios se une otro procedimiento de la tiranía, que es el empobrecer a los súbditos, para que por una parte no les cueste nada sostener su guardia y, por otra, ocupados aquellos en procurarse los medios diarios de subsistencia, no tengan tiempo de conspirar. Con esta mira se han elevado las pirámides de Egipto, los monumentos sagrados de los Clipsélides, el templo de Júpiter Olímpico por los pisistrátidas y las grandes obras de Polícrates en Samos, trabajos que tienen un sólo y único objeto: la ocupación constante y el empobrecimiento del pueblo. Puede considerarse como un medio análogo el sistema de impuestos que regía en Siracusa: en cinco años, Dionisio absorbía mediante el impuesto el valor de todas las propiedades. También el tirano hace la guerra para tener en actividad a sus súbditos e imponerles la necesidad perpetua de un jefe militar. Así como el reinado se conserva apoyándose en los amigos, la tiranía no se sostiene sino desconfiando perpetuamente de ellos, por que sabe muy bien que si todos los súbditos quieren derrocar al tirano, sus amigos son los que, sobre todo, están en posición de hacerlo.

Los vicios que presenta la democracia extrema se encuentra también en la tiranía: el permiso a las mujeres, en el interior de las familias, para que hagan traición a sus maridos, y la licencia a los esclavos para que denuncien a .sus dueños; porque el tirano nada tiene que temer de los esclavos y de las mujeres (...) Y así, la tiranía sólo quiere a los malvados, precisamente por que gusta de la adulación, y no hay corazón libre que se preste a esta bajeza. El hombre de bien sabe amar, pero no adula. Además los malos son útiles para llevar a cabo proyectos perversos (...) También es costumbre del tirano convidar a su mesa y admitir en su intimidad a extranjeros más bien que a ciudadanos; porque éstos son a sus ojos enemigos, mientras que aquellos no tienen ningún motivo para hacer nada contra su autoridad".

En este largo párrafo, que parece un manual del dictador eficaz, encontramos una de las referencias que Aristóteles hace a la mujer y que merece la atención de estudiosos como Giner y Russell: el papel que atribuye a las mujeres delatoras de Siracusa en la conservación de la tiranía.

Para finalizar su examen de las causas que provocan las revoluciones políticas, y los medios que pueden favorecer la conservación de los regímenes políticos, sea el que sea, Aristóteles hace una crítica a las teorías de Platón sobre el mismo tema.