¿Sexismo o androcentrismo?

A lo largo de la historia del patriarcado, más exactamente, de los considerados tiempos históricos de la cultura occidental, a las mujeres se nos ha impedido acceder, por diversos medios, a los valorados como niveles superiores del conocimiento y de la elaboración cultural, niveles que han estado reservados a varones vinculados, de alguna fa al poder hegemónico. Sin embargo, desde finales del siglo XIX, la progresiva alfabetización de sectores cada vez más amplios de la población, necesaria para la implantación de la Revolución Industrial, afectó no sólo a los hombres de las clases dependientes, sino también al conjunto de mujeres, aunque más lentamente y con notorias discriminaciones que aún hoy se pueden percibir. Así, en España existe el doble de mujeres analfabetas que de hombres analfabetos, y las mujeres tienen, en líneas generales, la mitad de posibilidades de acceder a los estudios superiores, en especial a las carreras consideradas de mayor prestigio social y que conllevan remuneraciones más elevadas y mayor status social (1). Pero, sólo a partir de la segunda mitad del presente siglo, las mujeres nos hemos incorporado ampliamente a los distintos niveles del sistema educativo, no sólo como alumnas sino también, luego, como profesoras: primero, en los niveles más elementales y, en los últimos años, también en la docencia universitaria.

No obstante, como señala Mª. Ángeles Durán, «el acceso generalizado de la mujer al dominio de la escritura no se ha producido en España hasta hace escasamente medio siglo, lo que en una perspectiva histórica significa que acaba de suceder, y todavía vive la generación que tuvo que luchar por conseguir el acceso pleno a la Universidad y a formas específicas e enseñanza altamente cualificada. A pesar de la rapidez del cambio y de la aceleración con que van cayendo las barreras legales a la instrucción de la mujer todavía no ha nacido la generación que vivirá el acceso a todas las formas de enseñanza, incluidas las más altas, como una condición inherente a la estructura social e independiente de sexo de los enseñados».(2)

Este fenómeno, cuyas causas profundas y razón histórica quizá habría que analizar más profunda y críticamente de lo que solemos hacer (3), ha supuesto:

1. En primer lugar, la asimilación por parte de las mujeres de estos conocimientos valorados como superiores, hasta ahora patrimonio de los varones hegemónicos. (¿En qué medida esto se produce en detrimento de otras formas de conocimiento no por no-hegemónicas menos humanas?: es ésta una pregunta que, al menos, hay que hacer.) Al igual que los hombres, las mujeres que hemos pasado por el sistema escolar, en sus distintos niveles, hemos asimilado los conocimientos que en él se imparten, y hemos aceptado que el pensamiento lógico-científico es una forma superior de conocer la realidad, que nos acerca más a la «verdad».

2. Recientemente, sin embargo, se ha iniciado un proceso de interrogación por la ausencia marginación de la realidad de las mujeres de todo aquello que hemos estudiado y asimilado y que, a nuestra vez, explicamos en las aulas. Entre las mujeres que nos dedicamos a la docencia ha surgido, en los últimos años, una inquietud por el silencio que las distintas ramas de la ciencia, en especia! las ciencias humanas, guardan sobre nuestra realidad pasada y presente (excepto, claro, casos excepcionales que confirman la regla). Y, poco a poco, ha empezado a cundir la duda de si el silencio que se cierne sobre la mujer no afectará, en su raíz, a la elaboración del pensamiento lógico-científico, o, al menos, en qué medida puede haberla afectado.

Podemos decir, pues, que el acceso de las mujeres al saber socialmente valorado como superior empieza a repercutir en ese saber. Coro dice M. Ángeles Durán, «la incorporación de la mujer al mundo de la cultura institucional es un hecho generalizado que en España se inició hace ahora un siglo, y esta incorporación a la cultura tenía que conducir inevitablemente (y afortunadamente) a una renovación intelectual profunda en todas las áreas afectadas por su acceso. No se podía esperar que la presencia de la mujer en la Universidad fuera una eterna escena de repetición: en algún momento tenía que empezar a preguntarse si el papel que recitaba estaba cortado a la medida de sus necesidades a se trataba, simplemente, de una reproducción obediente». La autora señala que esta «autoconciencia», en sus primeras manifestaciones, «toma la forma de un extrañamiento, de un malestar intelectual» del que puede surgir la «vitalidad» que conduce a la «lucidez y, al romper los viejos hábitos y los planteamientos reducidos, enriquecen extraordinariamente la vida cultural y el panorama de la investigación y la docencia».

Esta sensación de extrañamiento respecto al saber académico, este proceso de autoconciencia que lleva a la necesidad de abordar nuevas perspectivas, es un fenómeno confesado por diversas intelectuales y, también, por algunos hombres. Así, Martha I. Moia, en las páginas en las que nos explica la razón de su obra El no de las niñas. Feminario antropológico, expresa claramente esta experiencia:

«Este libro es mi rito de pasaje, en el que celebro mi tránsito de licenciada asexuada a mujer antropóloga. Los nombres de las etapas no son meras frases bonitas; significan das situaciones existenciales e intelectuales que bien vale la pena explicar. Una licenciada asexuada es una mujer que ha terminado la primera parte de sus estudios universitarios en cualquier universidad del mundo. Son cuatro o cinco años arduos durante los cuales depone, con mayor o menor resistencia, todos sus intereses y se dedica a aprender los conocimientos patriarcales. Las mujeres aparecen poco en los textos y en el cuerpo de profesores. Ha dejado de ser mujer, pero tampoco es un hombre; de ahí el adjetivo de "asexuada" (...) Mujer antropóloga es aquella que, desde su condición de mujer y en cualquier ámbito, decide adoptar las técnicas antropológicas como instrumento intelectual. La tarea no es así de simple, ya que no se trata de incorporar los conceptos de la antropología patriarcal, sino de aplicarles el Método Ginecocéntrico» (5) (al que me referiré más adelante).<!--pagebreak-->

En países con una mayor tradición de participación femenina en los estudios universitarios, estos problemas empezaron a plantearse con especial fuerza en los años sesenta de nuestro siglo. En España, las Primeras Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, organizadas por el Seminario de Estudios sobre la Mujer, de la Universidad Autónoma de Madrid, en 1981, (6) y el Seminario sobre Androcentrismo en la Ciencia, organizado por el Seminario de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Barcelona, en 1982, (7) pueden considerarse las primeras manifestaciones publicas de la amplia y diversa inquietud que este problema venia suscitando, desde hacía algún tiempo, entre numerosas profesoras de universidad y otros niveles educativos, y entre algunos profesores. Encuentros de este tipo y publicaciones se han multiplicado notablemente en estos últimos años, lo que indica que estamos viviendo un proceso intenso de cuestionamiento del discurso académico a pesar de que el orden jerárquico tradicional parece ignorarlo o, en el mejor de los casos, considerarlo tema específico y sobre el que hay que conocer preferentemente lo que se publica en Estados Unidos, Inglaterra o Francia..., aunque se desconozca todo el esfuerzo que se está produciendo aquí.

Esto no obsta para que pueda decirse ya que se ha planteado uno de los interrogantes de mayor interés que tiene abierto en la actualidad el pensamiento científico: ¿en qué medida es sexista, o androcéntrica, esta forma de conocimiento de la realidad, hoy hegemónica?

Antes de seguir, conviene establecer una primera definición de estos dos términos.

En el glosario elaborado por Martha I. Moia en El no de las niñas... (8) aparecen estas das escuetas definiciones, suficientemente válidas como punto de partida:

SEXISMO: mecanismo por el que se concede privilegio a un sexo en detrimento del otro. La persona que lo utiliza es «sexista».

ANDROCENTRISMO: conceder privilegio al punto de vista del hombre.

El sexismo es, pues, una pre-condición del androcentrismo. El androcentrismo, una forma especifica de sexismo (9). El término androcentrismo puede clarificarse más si atendemos a la etimología y composición de esta palabra. En griego, ANER, -DROS hace referencia al ser de sexo masculino, al hombre, por oposición a la mujer, y por oposición a los dioses: al hombre de una determinada edad (que no es niño, ni adolescente, ni anciano), de un determinado status (marido) y de unas determinadas cualidades (honor, valentía...) viriles. En sentido estricto es «el hombre hecho», que forma parte del ejército (10). Es decir, no se trata de cualquier ser humano de sexo masculino, sino del que ha asimilado un conjunto de valores viriles, en el sentido latino en el que se habla del VIR. Referimos a ANER, -DROS, en este sentido estricto, permite diferenciar lo masculino en general, de una determinada forma de conceptualizar lo masculino en función de la participación en el poder bélico-político. Androcentrimo está compuesta por un segundo término que hace referencia a un situarse en el centro, que genera una perspectiva centralista: en este sentido se habla a veces de etno-centrismo (visión desde el punto de vista central de una raza), por ejemplo.

El interrogante en torno al posible sexismo, o androcentrismo del discurso lógico-científico, ha surgido al percibir el contraste entre la tradicional consideración como in-significante (11) de la realidad específica de las mujeres, y la clara conciencia que hoy tenemos de la falsedad de tal supuesto de partida. Si es evidente que toda sociedad humana está constituida por mujeres y hombres de distintas condiciones; si es, al menos, discutible que la aportación de las mujeres a la vida social humana sea inferior a la de los hombres, o, lo que es lo mismo, si no parece claro que la aportación de los hombres tenga que considerarse superior; entonces debemos preguntarnos por qué en el discurso lógico-científico con mayor claridad en el discurso de las ciencias humanas, la realidad y la aportación de las mujeres a la vida social humana aparece marginada, negativizada, silenciada: menospreciada.

Ante este problema evidente hay distintas posturas. Una gran mayoría de intelectuales lo ignoran, consciente o inconscientemente; esto es especialmente frecuente en nuestro ambiente universitario, más anquilosado en planteamientos tradicionales que el de otros países. Esta actitud demuestra no ya sólo ignorancia, sino además raquitismo intelectual. Hay quien, más atento a las publicaciones recientes del extranjero, rechaza tal interrogante con respuestas dogmáticas (la ciencia estada por encima de los sexos), o considera que sólo puede interesar a las mujeres de su campo profesional a las que advierte, paternalmente, del nuevo tema mientras él continúa repitiendo el discurso propio de su especialidad. Y hay, cada día más, quien lo toma en consideración lo incorpora a su trabajo intelectual con mayor o menor fuerza. En fin, entre quienes se preocupan por este problema, hay quien habla de sexismo y hay quien se refiere a androcentrismo: uno u otro término suelen utilizarse como sinónimos si bien, por lo que ya hemos visto, no lo son. Convendrá avanzar un poco más en la clarificación de estos dos conceptos, que pueden conducir a adoptar diferentes puntos de partida o hipótesis de trabajo que condicionarían, de Forma fundamental, las indagaciones que se hagan.

En Un diccionario ideológico feminista, Victoria Sau elabora las siguientes definiciones de estos términos:

SEXISMO: Conjunto de todos y cada uno de los métodos empleados en el seno del patriarcado para poder mantener en situación de inferioridad, subordinación y explotación al sexo dominado: el femenino. El sexismo abarca todos los ámbitos de la vida y las relaciones humanas, de modo que es imposible hacer una relación exhaustiva sino ni tan siquiera aproximada de sus formas de expresión y puntos de incidencia (...).

Aporta citas de diversas autoras y autores para resaltar la falta de conciencia por parte de la mujer sobre este problema (Martín Sagrera), la relación entre sexismo y racismo (Eva Figes y Kate Millet), el papel de la biología (S. Firestone), el análisis psicoanalítico, la división social del trabajo, el papel de la educación y el del lenguaje, y el de la salud Física y mental.

ANDROCENTRISMO. El hombre como medida de todas las cosas. Enfoque de un estudio, análisis o investigación desde la perspectiva masculina únicamente, y utilización posterior de los resultados como válidos para la generalidad de los individuos, hombres y mujeres. Este enfoque unilateral se ha llevado a cabo sistemáticamente por los científicos, lo cual ha deformado ramas de la ciencia tan importantes como la Historia, Etnología, Antropología, Medicina, Psicología y otras. El enfoque androcéntrico, distorsionador de la realidad, ha sido denunciado por muchas de las propias mujeres científicas (desde la crítica que realizara Karen Horney al androcentrismo de Freud, en los años treinta, hasta la crítica al mismo defecto, en la Historia, de Anne Davin y de Nancy O'Sullivan, o la discusión que, en el seno de la antropología, surge desde mediados del siglo XIX) (12).

Victoria Sau identifica, así, el sexismo con las formas de vida social en el Patriarcado (por tanto, con una de las posibles manifestaciones del sexismo, la que da preeminencia al hombre sobre la mujer), y androcentrismo con la forma de conocimiento propia del sexismo patriarcal. Si bien, en principio, el término sexismo no indica cuál de los das sexos tenga preeminencia sobre el otro (tal como aparece en la primera definición, extraída de Martha I. Moia), puede aceptarse lo que dice Victoria Sau por cuanto hace referencia al fenómeno en nuestra sociedad patriarcal. En cuanto al androcentrismo, ambas lo relacionan con la adopción de un punto de vista, por tanto, de una forma de conocer (estudiar, analizar o investigar) el mundo. Victoria Sau, al igual que Martha I. Moia en otros pasajes de su obra, hablan del enfoque unilateral (androcéntrico) del pensamiento científico, y del problema que supone el hecho de que este conocimiento parcial se presente como generalizable a mujeres y hombres de cualquier condición, a lo humano: se identifique como el conocimiento.

Podría concluirse, de aquí, que sexismo haría referencia a la práctica de la vida social, y audrocentrismo a las elaboraciones teóricas sobre el funcionamiento de la sociedad.

En este sentido se utiliza la palabra androcentrismo en relación con la antropología en la obra Antropología y feminismo (13), en cuya introducción se plantea que el debate en torno al androcentrismo se habría iniciado en el seno de la antropología a mediados del siglo XIX, cuando se planteó la posibilidad de que originariamente las sociedades hubieran sido matriarcales, si bien en la primera mitad de nuestro sito se habría olvidado progresivamente el papel de la mujer en a sociedad, y la visión androcéntrica se habría impuesto entre antropólogos y antropólogas, llevando a la elaboración de las hipótesis del «hombre cazador, in ventor y creador de la familia» (14). Desde los años sesenta, se habría cuestionado ya explícitamente esta perspectiva androcéntrica. A pesar de que en la primera parte de la obra los artículos aparecen englobados bajo el epígrafe «Androcentrismo y modelos machistas», en uno de los artículos se habla de sesgos machistas (15), y en el otro de androcentrismo, entendiéndose, en ambos casos, que se trata de «una perspectiva exclusivamente masculina, incompleta» y «parcial» que ofrece «una imagen distorsionada de la realidad» (16). Y «una teoría que deja fuera a la mitad de la especie humana es una teoría desequilibrada» (17). Vemos, pues, que además de hablarse de sexismo o de androcentrismo, se hace referencia, otras veces, a sesgos machistas o sexistas.

Pero no siempre se utiliza la palabra sexismo, en relación a la práctica social, y androcentrismo en relación a las elaboraciones teóricas o discursivas. Así, Celia Amorós habla de sexismo ideológico y de que la «ideología sexista está en función de una organización social discriminatoria -de una u otra forma, en distinto grado, pero que constituye un hecho universal para el sexo femenino» (18). Aquí, la palabra sexismo se relaciona con la forma de conocimiento, con la ideología, mientras que se habla de discriminación en la organización social.

Todos estos ejemplos, y podrían ponerse otros muchos muestran que las palabras sexismo y androcentrismo (y aun otras expresiones, como «sesgos machistas»...) suelen utilizarse indistintamente: que no existe un acuerdo o convención en la terminología. En líneas generales parece que, en principio, se comparte una cierta noción común, la que Celia Amorós expone así respecto al discurso filosófico:

«La ideología sexista influye en el discurso filosófico de dos maneras: como condicionante inmediato del modo como la mujer es pensada y categorizada en la sistematización filosófica de las representaciones ideológicas, y como condicionante mediato del gran lapsus y la mala fe de un discurso que se constituye como la forma por excelencia de relación conscientemente elaborada con la genericidad -en el sentido de Séller- y procede a la exclusión sistemática de la mujer de ese discurso. La ausencia de la mitad de la especie es el gran lastre y la gran descalificación del discurso presuntamente representativo de la especie humana construida y ajustada consigo misma como un todo en la forma de autoconciencia: el AUTOS que debe tomar conciencia filosófica de sí mismo es un AUTOS que proclama unilateralmente su protagonismo y arroja a la otra parte de la especie del lado de la opacidad» (19).

Son suficientes estas referencias para poder concluir que el problema que se percibe aparece caracterizado por los siguientes rasgos:

1. Una marcada diferenciación entre los sexos, en la que los hombres imponen su supremacía sobre las mujeres no sólo a nivel de la práctica de la vida social, sino también a nivel de las elaboraciones conscientes discursivas, sobre la realidad.

2. Una visión distorsionada de la mujer, vinculada a esta diferenciación jerarquizante.

3. Una exclusión o marginación de la mujer de las elaboraciones conscientes, lógico-científicas, no ya sólo como sujeto productor (lo que podría -¿!- justificarse por condiciones sociales) sino, además, como objeto de unos análisis que se proclaman genéricos y universales.

4. En consecuencia tales elaboraciones lógico-científicas se muestran parciales.

5. Pero, además, tal visión parcial oculta su naturaleza partidista, al proclamarse universal y generalizable.

Si existiese un total acuerdo en torno a estos puntos, quizá no fuera imprescindible establecer si es mejor hablar de sexismo o de androcentrismo, de sesgos machistas o sexistas, o patriarcales, o, sencillamente, abordar el problema sin darle un nombre preciso unívoco. Pero no es seguro que exista tal acuerdo. Esto se nota especialmente en las investigaciones concretas que se realizan en torno a «la mujer» en las distintas ramas de la ciencia, en las reflexiones que se elaboran para subsanar este problema.

Por diversas razones considero que es necesario un debate y una clarificación conceptual, a lo que quisiera colaborar con las siguientes reflexiones:

Primera. La definición conceptual constituye un requisito fundamental del pensamiento lógico-científico, que tiene sentido, ante todo, en la medida en que los conceptos constituyen el utillaje básico de esta forma de conocimiento y de su expresión, el discurso.

Segunda. En la diversidad conceptual en torno al problema que nos planteamos parece confundirse, por una parte, lo que hace referencia a la realidad social a la práctica de la vida social, y lo que hace referencia a una forma históricamente hegemónica de explicar esa realidad social humana, al conocimiento y, su expresión, el discurso lógico-científico.

Tercera. Parece indispensable también, empezar por clarificar conceptualmente la naturaleza del problema que se quiere resolver, para poder establecer los caminos o métodos a seguir para su resolución. Y esto por dos razones que afectan no sólo al discurso, sino también a quien elabora el discurso:

a) La resolución de un problema depende de las premisas en que lo hayamos formulado. Que no existe un acuerdo en torno a lo que podemos llamar el problema de «la mujer» y su relación con las distintas disciplinas científicas, con el pensamiento lógico-científico en general, se nota especialmente en las investigaciones que se realizan para tratar de solventarlo. Gran parte de los trabajos se orienta exclusivamente a investigar «la mujer» en tal o cual ciencia o aspecto de esa ciencia, como si se considerase que rellenan do el hueco olvidado, pudiera resolverse ya el problema. Otros, menos, demuestran también una preocupación por los propios fundamentos epistemológicos que han hecho posible semejante olvidó.

b) No podemos menospreciar el hecho de que la actitud crítica ante el olvido, exclusión, marginación o tergiversación de la mujer en el pensamiento científico, la hemos desarrollado tras un largo proceso educativo en el que hemos asimilado ese pensamiento, empezando por asimilar sus claves conceptuales. Y esta larga asimilación puede condicionar, durante mucho tiempo, nuestros hábitos mentales y. así, nuestras nuevas investigaciones, aunque las realicemos con la mejor voluntad; puede incluso orientar nuestra tarea hacia los mismos parámetros que han hecho posible la exclusión que tratamos de solventar. La critica al discurso lógico-científico requiere, pues, una constante autocrítica de cuanto hemos asimilado en nuestra formación como intelectuales.

Cuarta. Por último, el debate en torno al sexismo o el androcentrismo en el discurso científico debe plantearse, definitiva mente, quién es el sujeto histórico que ha producido ese discurso, esa forma de conocimiento. La clarificación de la naturaleza del sujeto del discurso ayudará no sólo a resolver los problemas planteados en el apartado anterior, sino también a comprender la relación entre las condiciones sociales de vida en el patriarcado y la producción de un discurso que parece pretender legitimarlo reproducirlo; y, en definitiva a indagar las posibilidades de un nuevo sujeto cognoscente que produzca un discurso en el que no se den los defectos que criticamos.

Puede notarse que esta razón que he expuesto en último lugar, podría haberla situado al principio. La clarificación del sujeto que históricamente ha producido el discurso lógico-científico deberá permitir establecer si tal discurso es una elaboración propia de los hombres en general (es decir, de seres humanos de sexo masculino), o de algunos hombres, o incluso de algunos hombres y algunas mujeres. Esto ayudará a desbrozar los instrumentos que esta forma histórica de conocimiento ofrece para nuevas investigaciones que permitan comprender mejor las relaciones socia les, las relaciones de mujeres y hombres, frente a cuanto se muestra parcial y partidista. Además, requerirá un esfuerzo para rescatar ya no sólo a la mujer, en abstracto, sino a toda mujer y todo hombre que hayan podido ser también excluidos del discurso (ciertamente, no sólo la mujer ha sido excluida). Esto requerirá contrastar cuanto hemos asimilado en el aprendizaje del orden del discurso y cuanto acaso convenga desaprender y rescatar del olvido. Y, de este modo, podrá clarificarse mejor la relación que guarda la realidad social y la producción de explicaciones sobre la realidad: las condiciones materiales de existencia y la producción de ideología, en expresión marxista. Lo que vivimos y lo que pensamos acerca de lo que vivimos.

Todas estas razones legitiman y exigen que tratemos de matizar conceptos, más acá y más allá de que la definición conceptual constituya un requisito fundamental del pensamiento lógico científico.

Todas estas razones justifican, también, la dedicación a la clarificación conceptual y epistemológica antes que al incremento indiscriminado de investigaciones pragmáticas. Dedicación que hay que justificar en un mundo académico en el que priva la jerarquización y la opinión de que sólo se puede participar en el debate teórico tras haber demostrado que se han pasado un determinado número de horas o de años entre el polvo de los archivos o haciendo investigaciones de campo. Pues acaso estas razones jerárquicas no pretendan, consciente o inconscientemente, sino alejar el necesario debate sobre el sujeto histórico productor del conocimiento lógico-científico, a un lejano día en el que la cantidad de datos sobre la mujer pueda servir, ya entonces, de argumento para dictaminar, de nuevo, la no pertinencia o impertinencia del debate.

M. Ángeles Durán ya ha advertido este problema en otras ocasiones:

«La incorporación de la mujer al proceso de producción de la ciencia figura entre las condiciones necesarias, pero no suficientes, para la incorporación de la ciencia al proceso de liberación de la mujer. No es condición suficiente porque la incorporación a la ciencia puede hacerse y de hecho así sucede en el nivel de la pura reproducción o desarrollo de conocimientos previos, sin cuestionar los posibles sesgos sexistas de sus cimientos; en este caso, la presencia de las mujeres hace menos aparente la necesidad de una revisión teórica y refuerza la contribución de la ciencia o disciplina en cuestión al conservadurismo social. Aunque en el último cuarto de siglo se ha generalizado la presencia de mujeres entre el profesorado y el personal investigador en todos los países desarrollados, este cambio sólo significa el acceso de las mujeres a los instrumentos de la ciencia, y está por ver su incorporación real a ¡a creación de la ciencia, al desarrollo de nuevos temas especialmente relevantes para la mujer, y a la crítica de tos contenidos de carácter sexista. La reflexión crítica  tendrá que dirigirse hacia la génesis histórica de cada disciplina -para comprender sus resultados-, a los conceptos y teorías -para rechazar los que se consideren falsos o inadecuados-, a la organización de los colectivos donde la disciplina se crea, se enseña, se divulga y se recompensa -para promover su cambio cuando sean discriminatorios-, y a tos efectos sociales que su uso o abuso producen en la vida cotidiana.»(20)

Como punto de partida podría establecerse que hablar de sexismo implica poner el acento en las relaciones de hegemonía entre los sexos, en nuestra sociedad hegemonía del sexo masculino sobre el femenino. Tales relaciones sexistas aparecen tanto en la vida social como en las formulaciones discursivas que explican la vida social: lo masculino aparece valorado como superior, y lo femenino como inferior, dependiente o insignificante. La utilización del término sexismo simplifica, o puede simplificar, un problema que resulta mucho más complejo. Si centramos la atención en las diferencias sexuales, en las relaciones de hegemonía/dependencia entre los sexos, otros muchos conflictos que hoy vivimos parecen escaparse. Además, conviene notar que lo valorado como superior no es ni todo lo que se refiere a todos los hombres ni, tampoco, sólo lo que se refiere a los hombres. Diríase que, más bien, atañe aun determinado colectivo histórico masculino que establece un determinado modelo de masculinidad, y que aparece interrelacionado con el ejercicio del poder hegemónico. En fin, acaso hoy más que nunca, mujeres y hombres participamos de diversas formas en el poder y en el no-poder, sin que se corresponda por completo mujer y no-poder, hombre y poder: unas y otros ora nos sometemos a poderes superiores, ora actuamos en planos de superioridad respecto a otras y otros; no hay que olvidar que incluso la madre tal como resulta hoy definida patriarcalmente, conlleva autoridad respecto a sus criaturas. Por todas estas razones considero que sí adoptamos, como punto de partida, la palabra sexismo, podemos condicionar nuestra aventura reflexiva a coordenadas excesivamente simplistas y a un marco demasiado restringido.

La palabra androcentrismo creo que permite, por el contrario, adoptar una perspectiva más amplia y abierta a la comprensión de la complejidad de nuestra realidad social y de las formas de conocimiento de la misma. Andro-centrismo hace referencia a la adopción de un punto de vista central, que se afirma hegemónicamente relegando a las márgenes de lo no-significativo o insignificante, de lo negado, cuanto considera im-pertinente para valorar como superior la perspectiva obtenida; este punto de vista, que resulta así valorado positivamente, seria propio no ya del hombre en general, de todos y cualquier ser humano de sexo masculino, sino de aquellos hombres que se sitúan en el centro hegemónico de la vida social, se autodefinen a si mismos como superiores y, para perpetuar su hegemonía, se imponen sobre otras y otros mujeres y hombres mediante la coerción y la persuasión/disuasión. El hombre hecho de que nos habla la palabra griega ANER, -DROS se refiere no a cualquier hombre de cualquier condición o edad, sino a aquellos que han asimilado los valores propios de la virilidad y que imponen su hegemonía.

Así entendido, el concepto androcentrismo permite clarificar varios puntos. Por una parte, deja la puerta abierta a la indagación del sujeto histórico que, en cada sociedad, haya detentado ese punto de vista hegemónico y, así, a precisar, también, qué mujeres y qué hombres, qué otros aspectos humanos diversos, han resultado marginados al ámbito de lo no significativo o insignificante. Por otra parte, hablar de androcentrismo ayuda a situar el problema que nos preocupa en el marco más amplio y complejo de las relaciones de poder: deja abierta la posibilidad de indagar la articulación entre distintos niveles de hegemonía central, ya no sólo relacionados con el sexo, sino también con la edad, la raza, la clase la nacionalidad, etc. Además, permite marcar las necesarias distancias respecto a los supuestos biologistas que tratan de legitimar el actual orden social atribuyéndolo a las hormonas masculinas; (21) la refutación del fatalismo biologista deberá ir acompañada de una cuidada indagación sobre el papel de la cultura en la configuración de los modelos de comporta miento, y esta indagación, en nuestra sociedad, debe realizarse desde un punto de vista histórico (22). La palabra androcentrismo abre, también, un interrogante sobre el proceso de asimilación del modelo de comportamiento viril hegemónico, modelo que en la actualidad apela ya no sólo a los hombres, sino también a las mujeres.

Si conceptualizamos el problema como sexismo, podemos acabar incrementando considerablemente el número de páginas de los textos académicos, pero quizá sin cuestionar cómo ha sido posible el olvido de algo tan elemental y tangible como es la existencia de las mujeres; sin cuestionar, por tanto, el sentido histórico del discurso científico.

Preguntarnos por el androcentrismo implica, al menos, interrogarnos por las raíces más profundas del conocimiento científico, por la relación entre la hegemonía viril y las restantes múltiples manifestaciones del orden hegemónico en nuestra vida social, en definitiva, por la relación entre a práctica social y las elaboraciones teóricas ideológicas que la legitiman y perpetúan.

Los planteamientos de Michel Foucault sobre el orden del discurso y la articulación entre saber y poder (23) me han ayudado a meditar en torno a este problema: todo discurso incluye, ordena y, así, afirma una serie de elementos a base de excluir y, así, negar otros. Ésta puede ser una línea de indagación fructífera en la reflexión en torno al orden androcéntrico del discurso lógico- científico, en sus distintas manifestaciones: permite empezar a valorar positivamente lo excluido, lo negado, lo marginado y silenciado. Lo hasta ahora considerado como in-significante, lo re legado a las márgenes no escritas, deja de ser identificable con in existente y empieza a cobrar significación y vivacidad basta ahora insospechadas; a la vez, lo afirmado, lo incluido y el orden que se le da, resalta sobre el fondo de lo que niega, de lo que aparece negativizado y de lo silenciado y, cobra, así, una dimensión histórica mas real. La propuesta de avanzar hacia una nueva perspectiva no-androcéntrica tiene este sentido: empezar a valorar positivamente lo negado; recobrar el significado de todo aquello que resulta marginado desde el punto de vista hegemónico central.

Quiero indicar finalmente que, si bien comparto los intereses que aparecen en la definición de Mary Daly del método gineco-céntrico, tal como lo recoge Martha I. Moia (24) («el Método Ginecocéntrico requiere no sólo el asesinato de los métodos misóginos (el exorcismo intelectual y afectivo) sino, también, el éxtasis al que llamo cerebración lúdica. Esto es el libre juego de la intuición de nuestro propio espacio, que da origen a un pensamiento vigoroso, informado, multidimensional, independiente, creativo y fuerte»), me parece importante subrayar la necesidad de evitar cualquier nueva perspectiva centralista y, en ese sentido, el concepto ginecocéntrico puede conducir a un problema similar al que estamos criticando.