Aproximación al problema del androcentrismo en el discurso histórico

Sin duda, el estudio histórico de la forma de conocimiento lógico-cientifico, hoy hegemónica, podría y debería arrojarnos luz sobre sus posibles raíces androcéntricas, sobre su configuración como Saber vinculado al poder androcéntrico. Sin embargo, el propio discurso histórico, es decir, la forma habitual en los me dios académicos de explicar el pasado, participa de las premisas del pensamiento lógico-científico y, quizá por ello, se muestra, también, claramente androcéntrico. Nos encontramos, así, con un círculo vicioso que es preciso romper. Y acaso corresponda abrir la brecha a la reflexión histórica.

Las mujeres, en la historia, en el discurso histórico, no existimos, a no ser como excepción que confirma la regla. Así, cualquier estudiante que llega a la universidad, ha tenido la posibilidad de identificar la Revolución Francesa con los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y con un hecho decisivo para la historia de la humanidad, la Declaración de los Derechos del Hombre; pero se puede obtener el título de licenciado, y hasta se puede ser doctor en historia, desconociendo que todas estas formulaciones sólo hacen referencia a los varones, e ignorando que las mujeres quedaron excluidas de este acontecimiento considerado como un avance político: estos derechos, por los que lucharon mujeres y hombres, beneficiaron durante mucho tiempo sólo a los hombres, a pesar de que los libros de historia los presentan siempre como conquistas universales ; juegan con la confusión ideológica androcéntrica que se deriva del término hombre, que puede referirse bien al género humano (al conjunto de mujeres y hombres), bien a los machos de la especie humana específicamente. Queda silenciado, así, todo lo que afecta a las mujeres en este acontecimiento histórico, su reacción ante la injusticia cometida y, también, la actuación de los hombres de su época en todo este asunto.

Otro tanto sucede con otros acontecimientos históricos importantes. Así, mientras se estudia el proceso político que ha seguido cada país para establecer lo que se llama, impropiamente, sufragio universal, y el clasismo que condicionó este proceso del sufragio censitario al sufragio universal), resulta bastante difícil descubrir, en primer lugar, que tal universalidad es falsa porque sólo hace referencia a los hombres, y, además, conocer las dificultades que se han tenido que superar para llegar al reconocimiento del auténtico sufragio universal, del derecho de voto para todas y todos sin también de sexo. Menos aún puede analizarse, con rigor, las causas profundas que están en la base de esta transformación histórica (25).

Estos dos ejemplos, entre otros muchos que podrían ponerse, revelan que las formas habituales en la universidad de explicar el discurso histórico hegemónico, han silenciado sistemáticamente la participación de las mujeres en acontecimientos destacados, más aún, aspectos que hacen referencia a la vida de la mujer; silencio/ignorancia que permite historiadores, cuando se les plantea este olvido, replicar que si la historia habla fundamentalmente de los hombres, han sido ellos los principales sujetos mientras que las mujeres más bien habríamos aceptado históricamente el rol de sujetos pasivos, como si no hubiéramos acabado de dar el paso del estado de naturaleza al estado de cultura: ¿ellos han hecho la historia? ¿nosotras nos hemos limitado a padecerla con resignación? (si fuera cierto, ¿no seríamos hoy las mujeres sumisos animales domésticos? ¿podemos haber cambiado tantos milenios de historia en tan pocas generaciones?)(26). Tanta ignorancia interesada se traduce en silencio que permite justificar la perpetuación de intereses viriles, patriarcales, la continuidad y perpetuación del conocimiento androcéntrico de la realidad histórico-social y, en consecuencia, la legitimación del orden social actual.

Está claro que es preciso que nos planteemos superar, ya de una vez, tanto desconocimiento partidista, tanta ignorancia. El problema que surge ahora es cómo.

Una primera solución parece consistir en incrementar las investigaciones que se centran en el estudio de la realidad de las mujeres. Sin duda es éste un camino que es necesario recorrer. Pero, antes de  iniciarlo, convendrá clarificar el que nos serviremos: ¿Son válidos, para estas nuevas indagaciones, los presupuestos epistemológicos y hasta una teoría de la historia que ha permitido desconocer la realidad histórica no sólo de las mujeres, sino también entre mujeres y hombres?

Surge, así, la necesidad de abrir un nuevo interrogante que nos lleva, esta vez, hacia las premisas habituales del discurso histórico hegemónico, de la historia que hemos estudiado tal corno se imparte mayoritariamente en las aulas. ¿Es sexista? ¿Es androcéntrica? ¿Presta atención sólo a la realidad histórica de todos los hombres? ¿En qué medida, lo que generaliza como humano, atañe a mujeres y hombres, o se refiere sólo a los hombres? ¿A qué hombres? ¿En razón de qué aparecen, excepcionalmente, referencias a mujeres?

Parece claro que, por el momento, es necesario rastrear uno y otro caminos a la vez: explícita o implícitamente, toda investigación supone unos postulados teóricos, incluso al nivel más elemental que orienta la selección de datos, que lleva a destacar unos conjuntos de datos como significativos y a menospreciar otros como in-significantes o no significativos. Así, la clarificación de la realidad histórica de las mujeres debe ir acompañada de una re- visión crítica de los presupuestos teóricos del discurso histórico hegemónico, y no sólo a nivel teórico, sino además en la medida en que forman parte de la propia memoria de quien investiga. Habrá que ejercer una constante autocrítica para sopesar hasta qué punto estos presupuestos, que hemos asimilado en nuestro proceso de conformación como profesionales de la historia, nos permiten avanzar hacia una visión más amplia de la realidad histórica, que considere las relaciones entre mujeres y hombres, o, por el contrario, nos conducen, una vez más, por derroteros restringidos, parciales y partidistas, aunque sea de otro signo. Hasta el propio instrumental conceptual puede estar impregnado de androcentrismo, como se verá más adelante.

Vuelvo aquí sobre lo que ya señalé al principio. Si presuponemos que el discurso histórico hegemónico es sexista, acaso nos resulte suficiente elaborar una «nueva historia de la mujer» (27), es decir, Incrementar el numero de Investigaciones sobre la realidad histórica de las mujeres. Pero, en este caso, no sólo dejaremos casi incuestionado el discurso histórico hegemónico -y, así, su hegemonía-, sino que, probablemente, nos serviremos de los mismos postulados de que se ha partido siempre, con lo que podemos acabar incurriendo en lo mismo que estamos criticando: en producir elaboraciones discursivas sexistas y, por tanto, restringidas y parciales.

Por el contrario, tomar como punto de partida el problema del androcentrismo deja la puerta abierta, como he señalado, no sólo a clarificar el sujeto histórico que aparece en el centro del discurso y, así, a indagar la realidad histórica marginada al silencio de lo in-significante, sino también a indagar la relación que guarda tal centralidad en el discurso con el funcionamiento social del centro hegemónico y, así, con otros problemas que se den van de un orden social hegemónico-central hoy tan complejo.

Ciertamente, existen ya hoy numerosas investigaciones, realizadas en los últimos años, que ponen de manifiesto que el papel histórico de las mujeres no es tan despreciable ni tan in-significante como habíamos aprendido a creer. Y hay que reconocer que acaso sin todas estas aportaciones hubiera sido imposible pasar a los problemas que estoy señalando. Sin embargo, asistimos a una especie de separatismo entre el discurso histórico académico, que permanece mayoritariamente ajeno a todas estas aportaciones, y la «nueva historia de la mujer». Hay que decir que esto se da sobre todo en nuestro país. Pero, incluso más allá de nuestras fronteras, diríase que el discurso histórico relega las aportaciones de la historiografía feminista a un ghetto, en ocasiones institucionalizado, lo que le permite perpetuarse sin sentirse afectado por los nuevos datos. Por su parte, parece como si las historiadoras feministas aceptasen, a su vez, este ghetto: es probable que esto se deba tanto a las dificultades con que se tropieza en los medios académicos para investigar cuestiones que se salen de los límites jerárquicos del saber, como a la tendencia a la especialización que se deja notar en todos los campos. El hecho es que se produce este separatismo que lleva, por una parte, a que las investigaciones feministas tengan escasa repercusión en lo que podemos llamar los productos académicos hegemónicos, mientras, por el contrario, los presupuestos epistemológicos académicos en que se han formado universitarias y universitarios raramente resultan cuestionados en su raíz, a pesar de que tales presupuestos han permitido olvidar el campo al que ahora se aproximan. De este modo, se continúa explicando en las aulas un discurso que ignora, al menos, a la mitad de la población y, poco a poco, se intenta salvar el expediente permitiendo seminarios, asignaturas y hasta cátedras que se centran exclusivamente en la mujer. De este modo, el discurso histórico androcéntrico -ignorante de gran parte de la realidad- queda incuestionado, y continúa apareciendo como discurso generalizable a mujeres y hombres, mientras que las nuevas investigaciones aparecen como marginales, sectoriales y sexistas. Y, sin embargo, ¿instituir un ghetto académico referido a la mujer no es indicativo de que el ambiente general es exclusiva y excluyentemente del hombre? (¿de qué hombres?).

Este separatismo no lleva sólo a situaciones paradójicas como ésta: tiene repercusiones más graves, en la medida en que las investigaciones sobre la historia de la mujer no cuestionan de raíz los discursos hegemónicos y, muchas veces, hasta parten de los mismos presupuestos androcéntricos, lo cual puede llegar a invalidarlas.

Dos ejemplos me permitirán clarificar mejor los problemas que estoy señalando:

Los trabajos de Sheila Rowbotham sobre la Revolución Industrial nos dan una visión muy diferente de la que teníamos de los siglos XVI al XX, especialmente de los dos últimos. Nos permiten descubrir, por ejemplo, que la implantación del sistema capitalista industrial se hizo arrebatando los hombres a las mujeres muchos puestos de trabajo que éstas habían ocupado tradicional mente, y de los que hasta fueron excluidas totalmente. Vale la pena recoger una larga cita de la autora. Empieza explicando que, a lo largo de los siglos XVI y XVII «la competencia entre los hombres se intensificó. Gradualmente las mujeres fueron expulsadas de los trabajos más rentables. El trabajo femenino quedó asociado con sueldos bajos. Esto no fue un proceso único y definitivo, sino que continuó a lo largo del siglo XVIII y se extendió a principios del XIX (...) En la década de 1630, por ejemplo, los jóvenes impresores protestaron contra la presencia de las mujeres en los trabajos de imprenta no especializados, y virtualmente lograron excluirlas para mediados del siglo XVII. Dejó de ser frecuente que la mujer y las hijas del maestro impresor ayudaran a éste en su trabajo. Pero había grandes variaciones entre las diferentes localidades y los diferentes trabajos. En la segunda mitad del siglo XVII, por ejemplo, aún quedaban unas pocas mujeres carpinteros. En el comercio de la lana, las mujeres mantuvieron una posición fuerte, aunque para el siglo XVII ya no estaban empleadas en todas las secciones, dedicándose sólo al cardado y al hilado que realizaban en su casa, mientras que los hombres e ocupaban de la selección la tintura. A medida que se aplicaban nuevas regulaciones en contra de la mujer, la apelación a las tradiciones fue perdiendo fuerza. En el año 1639, Mary Arnold fue encarcelada por haber seguido fabricando cerveza a pesar de una orden de los fabricantes cerveceros de Westminster. Las mujeres fueron excluidas del trabajo de fabricación de cerveza hacia finales de ese siglo.

»Estos cambios en las industrias vinieron acompañados por la transformación en los oficios artesanales y las tradiciones populares en cuanto a trabajo y ciencia profesionales. A finales del siglo XVII había aún mujeres cirujanos, pero a las curanderas se las asociaba cada vez más con la brujería y la práctica de las artes mágicas. A medida que la medicina se convertía en una ciencia, los requisitos para el ingreso en el aprendizaje de la misma excluyeron a las mujeres quedando la profesión reservada para los hijos de las familias que pudieran permitirse tal instrucción. Las mujeres fueron relegadas a último lugar. La partería, rama de la medicina que desempeñaban únicamente las mujeres, fue acaparada por el médico hombre cuando las que daban a luz eran mujeres ricas. La partera sólo se ocupaba de las pobres. Cuando las parteras protestaron, adujeron su experiencia frente a la abstracta teoría de los hombres. Pero en el nuevo mundo, la ciencia suponía un control de las ideas que proporcionaba poder. La experiencia, por sí sola, no era suficientemente valorada.»(28).

Como vemos, el mito de que las mujeres se incorporan hoy al mundo del trabajo (aunque se precise: del trabajo productivo), aparece una vez más sin consistencia alguna. El conflicto entre trabajo masculino y trabajo femenino aparece vinculado al desarrollo del capitalismo, conflicto del que no hablan los libros de historia que se manejan en las aulas universitarias. Ante los datos de la historiadora, surgen diversos interrogantes de gran importancia para la historia de mujeres y hombres: ¿qué relación guarda este conflicto con la transformación de los ámbitos privado y público, con el paso al ámbito público de actividades hasta entonces propias del ámbito privado? ¿Qué relación guarda la transformación económico-social, tal como solemos entenderla, con la transformación de la familia, que ha variado en la historia aunque no se suela hacer referencia a sus cambios? La intensificación de la competencia entre los hombres, que llevó a la marginación de las mujeres a los trabajos peor remunerados, ¿tiene que ver con la transformación de la organización militar en la configuración del Estado Moderno? Son éstas preguntas que desbordan la historia de la mujer, tal como se la suele entender, y abren nuevos interrogantes a una reflexión histórica con voluntad de tener en consideración a todos los seres que forman parte de una colectividad, mujeres y hombres. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos de la Revolución Industrial y de la implantación del modo de producción capitalista no suelen tener en cuenta las diferenciadas circunstancias históricas de mujeres y hombres, menos aún la interrelación, la influencia recíproca, los conflictos.

Si este ejemplo permite ver las aportaciones que la historiografía feminista está haciendo a una más profunda comprensión de nuestra realidad pasada y presente (a pesar de que no suelan tomarse en consideración), expondré ahora cómo una investigación que se centre en la historia de la mujer, sin revisar mínimamente los presupuestos androcéntricos habituales del discurso histórico hegemónico, puede conducir a un simple incremento cuantitativo de datos, en el mejor de los casos.

En el primer volumen que recoge las Actas de las Primeras Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, aparece un trabajo sobre la «Participación de la mujer en la repoblación de Andalucía (siglos XII y XV). Ejemplo de una metodología», elaborado por Cristina Segura Graíño, de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid (29).

Como indica el propio título, la autora presenta aquí un ejemplo de «una nueva metodología». El tema, nos dice, ha sido sistemáticamente estudiado desde todos los puntos de vista: «Se ha investigado la población andaluza, el origen de la misma, la estructura social, el reparto de la propiedad, etc., etc. Pero ha habido un aspecto que nunca ha sido estudiado, ni se ha reparado en él. Este aspecto es la participación de la mujer en esta gran empresa que es la repoblación de Andalucía».

La autora nos explica que ha hecho una «nueva relectura» de documentos ya publicados «con una óptica totalmente distinta a la que se ha utilizado hasta ahora. En esta nueva lectura he ido buscando únicamente nombres de mujeres. Estos nombres de mujeres se han utilizado anteriormente, pero ahogados entre los otros nombres masculinos y sin cuantificarlos separadamente»

«Quiero, de esta forma, señalar un nuevo camino metodológico para el estudio de la historia de la mujer, su verdadera y real participación en el acontecer histórico. Su participación basada en datos concretos y cuantificables. Esta metodología consistiría en la utilización de material ya publicado y estudiado desde diversos aspectos: políticos, socio-económicos, etc., y en el que no se ha constatado la aportación de las mujeres. Éste sería un primer paso, que podrá hacerse sin grandes dificultades y sin la necesidad de buscar y rebuscar por los archivos documentos espectaculares o textos que hablen de la situación de la mujer en la Historia, en la Edad Media concretamente».

»Este estudio de documentos publicados no puede hacerse de forma arbitraria, sino que hay que estudiar series de documentos referidos a un mismo tema. Por ejemplo, se puede estudiar un Cartulario de algún Monasterio y destacar todas las mujeres que en él aparecen y especificar claramente qué función ejercen. Si son arrendadoras, compradoras o vendedoras; si hacen donaciones, etc. Después de obtener estos datos, será necesario retado nados con los mismos datos referidos a los hombres que efectúan la misma función y sacar la proporción de la participación masculina y/o femenina y las conclusiones oportunas».

»La utilización de estos documentos tiene, además, una gran ventaja. Las mujeres que en ellos aparecen son mujeres total mente normales, no destacadas en la sociedad, normalmente pertenecientes a grupos no elevados de la misma, mujeres de pueblo. Creo que la historia de las mujeres pertenecientes a las clases altas la alta nobleza, la realeza, es harto conocida y no es ilustrativa (...) Pero creo que éste no es el camino, pues su actuación, más que por su calidad de mujer, se debe a su pertenencia al grupo privilegiada de la sociedad

La autora abunda en que no quiere centrarse en «las clases altas de la sociedad. La historia que hay que hacer es ¡a de los hechos cotidianos, hecha por los hombres y mujeres cotidianos. Esta historia también se está haciendo, pero no se destaca en ella la participación de la mujer. Se han estudiado los hechos económicos, los hechos sociales, etc., pero no se ha distinguido clara mente si eran hombres o mujeres quienes protagonizaban estos hechos».

«Por todo esto, considero que si queremos saber la actuación de la mujer en la Historia, un camino es destacar la participación de la mujer en tos hechos sociales, económicos, etc., cotidianos La mayoría de las mujeres son de las clases inferiores y no participan en los hechos excepcionales. El destacar a estas mujeres anónimos y su participación en el acontecer histórico, en pie de igualdad en muchos casos con el hombre, es la metodología que propongo con el ejemplo que a continuación voy a analizar

El estudio de los libros de repartimiento le lleva a destacar, en los siglos XIII y XV, población por población, el número total de pobladores, el número de mujeres pobladoras y, así, el porcentaje de mujeres que participaron en la repoblación de Andalucía: el 1,3 % en el siglo XIII, el 5,02 % en el siglo XV, total general: el 2,1 %. Hay que tener en cuenta que la autora advierte que ha descontado a las mujeres pertenecientes a las «clases altas».

Entre las conclusiones, señala «el mismo hecho en sí; esto es, que hubiera mujeres pobladoras». «Se puede deducir que no había ninguna restricción por condición de sexo, sino que una mujer podía desempeñar las funciones repobladoras exactamente igual que un hombre». Entre las «causas de esta permisibilidad» apunta a «la dificultad de encontrar pobladores que fueran a Andalucía y a la necesidad que había de ellos».

Hay que reconocer que es realmente lamentable que en investigaciones históricas no se realicen cuantificaciones de este tipo diferenciadas por sexo: ello lleva a suponer que tal tarea sólo la realizaron hombres. Este ejercicio de cuantificación diferenciada es, pues, imprescindible para mejor clarificar la realidad social que se estudia. Sin duda es éste, como dice la autora, «un nuevo camino metodológico para el estudio de la historia de la mujer», una aportación metodológica necesaria, pero no suficiente, o, si se prefiere, insuficiente. Conviene estar en guardia incluso ante las propias bases conceptuales que constituyen las unidades básicas mediante las que elaboramos el discurso: saber que el 2,1 % de los «pobladores» de Andalucía en los siglos XIII y XV fueron mujeres sólo nos indica el pequeño porcentaje de mujeres que participaron en la ocupación de Andalucía, pero no nos permite comprender realmente cómo se repobló Andalucía. El concepto jurídico de poblador encubre una realidad más elemental: para repoblar una zona es preciso, como se sabe, reproducir nuevas criaturas, lo cual puede hacerse quizá con pocos hombres pero no con pocas mujeres. Sin mujeres que gesten, den a luz y atiendan a la supervivencia de la infancia, no es posible ninguna repoblación, a no ser que se traigan contingentes humanos de otras tierras, y éste era precisamente el problema que dificultaba culminar la conquista de Andalucía por parte de los cristianos. La investigación de Cristina Segura Graíño nada nos aclara sobre cómo se repoblé, realmente, Andalucía: ¿existía una población aborigen que sólo mediante la fuerza se avino a someterse a las necesidades de los «pobladores»?; ¿qué medios utilizaron los «pobladores» para que su «repoblación» no terminase al morir ellos o ellas?... ¿Qué realidad histórica de mujeres y hombres ajenos a los intereses en liza en la Reconquista enmascara la palabra poblador? Un sinfín de preguntas, que se derivan de éstas, permitirían clarificar este largo y complejo fenómeno histórico de nuestro pasado al que se da en llamar Reconquista: ¿cómo lo vivieron mujeres y hombres que no participaron en los conflictos por la hegemonía territorial?, y ¿que relaciones tuvieron con quienes, por intereses distintos, envolvieron en tantas guerras, palmo a palmo, el suelo de la Península, con quienes tenían en común la voluntad de dominio hegemónico sobre más y más territorio?

Estos ejemplos de los trabajos de Sheila Rowbotham y Cristina Segura Graíño creo que permiten ver claramente tanto las aportaciones que la historiografía feminista puede hacer al conocimiento de nuestro pasado de mujeres y hombres, como las limitaciones en que puede incurrirse si se tiene una visión demasiado restringida de la historia de la mujer y demasiado fiel a presupuestos teóricos a partir de los cuales se han ignorado tantas cosas. Asimismo queda claro que las mujeres no somos las eternas inexistentes en la historia, ni siquiera en fenómenos sociales en los que se consideraba que sólo podían haber participado los hombres.

Si meditamos más a fondo, el problema del discurso histórico hegemónico no se limita sólo al olvido sistemático, a la eliminación de aquellas páginas que podrían y deberían recoger la participación de las mujeres en los acontecimientos que hoy se atribuyen sólo a los hombres. La visión androcéntrica ha permitido, también, que, hasta ahora, todo el análisis histórico de la realidad se haya realizado a partir del punto de vista restringido e interesado de los hombres (¿de qué hombres?), perspectiva que condiciona que se hayan considerado significativos históricamente unos determinados acontecimientos o fenómenos: aquellos en los que -por razones históricas que habría que clarificar- los hombres (¿hombres?) han participado mayoritariamente como protagonistas principales o exclusivos; fundamentalmente, todo lo relacionado con el ámbito público. En consecuencia, se ha menospreciado e ignorado todo lo que las mujeres hemos realizado exclusiva o mayoritariamente a lo largo del tiempo: reproducción de los seres humanos, producción doméstica de bienes que permiten la supervivencia cotidiana de la especie y, en general, todo lo que se considera especifico del ámbito privado... de cada varón. Se presupone, así, que nuestra participación, en el pasado y en el presente, se sitúa en el terreno puramente biológico en la Naturaleza, al margen de la Historia, de la Cultura, y no se analizan las razones históricas por las que los varones se apropian de las mujeres y sus criaturas, ni las diferentes formas históricas de los sistemas de apropiación, menos aún la elación entre estas formas de apropiación viril y los restantes fenómenos sociales. Se evita así prestar atención no sólo a la realidad de las mujeres, sino también a las relaciones históricamente conflictivas entre hombres y mujeres, a la división en sexos y su articulación con otras divisiones sociales (clases, nacionalidades, edad, etc.). Ésta puede ser la razón por la que no están claros problemas tan importantes para el análisis del pasado y el presente, como la dialéctica entre naturaleza y cultura, la articulación entre lo que se considera privado y lo que se considera público y sus transformaciones históricas, las raíces profundas de la génesis de la jerarquización social y del funcionamiento del poder, desde cada ser humano hasta la cima más alta de la jerarquía social institucionalizada, o el papel de la familia como pieza clave del Estado que, sin embargo, los sistemas más autoritarios han tenido siempre tan presente en la práctica.

En un momento en que la reflexión histórica se ha planteado ya no sólo la necesidad de evitar historias sectoriales -que impiden comprender la articulación compleja de los distintos aspectos de la realidad social-, sino también el imperativo de avanzar hacia una historia total, (30) ¿debe trabajarse en una historia de la mujer o, más bien, habrá que tratar de sentar nuevas bases hacia una historia auténticamente total, que tome en consideración al conjunto de mujeres y hombres? ¿Podemos limitamos a proponer una historia sectorial de las mujeres que se encarte en la actual historia sectorial de los varones? ¿O, más bien, deberemos plantearnos una revisión profunda del discurso histórico, de sus bases conceptuales, epistemológicas y metodológicas, a fin de avanzar hacia esa auténtica historia total, que tenga en cuenta cómo se ha organizado históricamente la relación entre mujeres y hombres, y las consecuencias que este ordenamiento ha tenido en la reglamentación de las restantes relaciones sociales?

Seguramente esto requiere revisar todos los fundamentos a partir de los que se han elaborado los proyectos actuales de esa deseada historia total, tarea que abordaré a continuación. Quiero señalar aquí, sin embargo, algunos puntos de meditación:

Si en el análisis de una formación social partimos de la base de que «en la producción social de su vida los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción» (31), y de que el concepto de modo de producción es el instrumento teórico que nos permite abordar la totalidad social, y olvidamos que para la producción social de la vida existe un nivel básico de relaciones entre los seres humanos, las relaciones entre mujeres y hombres orientadas hacia la reproducción de la especie (que han estado reguladas históricamente), no sólo caeremos en una visión parcial y androcéntrica, sino que posiblemente el economicismo tantas veces denunciado quizá sea inevitable.

Si, como consecuencia de estas bases teóricas, se considera que «los dos grandes tipos de división de la Humanidad» son «las clases sociales» y «los pueblos, estados, naciones, etnias, etc. », (32) y se pasa por alto la división en razón de sexo y sus plasmaciones institucionales e ideológicas, no sólo resulta imposible una historia auténticamente total que abarque la realidad de mujeres y hombres, sino que acaso ni tan solo sea posible comprender pro fundamente la realidad histórica de los hombres.

En verdad, el discurso histórico no se ha preocupado por explicar toda la realidad de los varones, sino sólo una parte, entendiendo, además, por varones a los hombres que participan en el ejercicio del poder; la ignorancia que el discurso histórico mantiene sobre la existencia de las mujeres permite, entre otras cosas, ocultar las relaciones históricas entre hombres y mujeres, aspecto fundamental para comprender el profundo significado de la hegemonía patriarcal y su transformación histórica. Podríamos decir que «el problema de la mujer» en los estudios históricos, es más bien, o es también, el problema del hombre ante su propia historia: parece como si éste no quisiera enfrentarse de cara con su realidad pasada y presente.

Hay, pues, razones científicas que exigen esta revisión crítica del discurso histórico hegemónico, y de las bases teóricas sobre las que se sustenta. Pero, más allá de estas razones, o, mejor, fundamentándolas, las mujeres tenemos la necesidad imperiosa, dadas las transformaciones en que hoy nos hallamos inmersas, de una reflexión histórica que nos permita encontrar nuestras señas de identidad: desprovistas del conocimiento de nuestro pasa do, ¿cómo podremos clarificar qué nos interesa conservar y cómo y qué queremos transformar de lo que nos quieren hacer creer que hemos sido y podemos ser?

Ahora bien: si lo que nos proponemos es clarificar el funcionamiento histórico de la vida social humana, tomando en consideración la importancia que para nuestra vida social tienen las relaciones conflictivas entre mujeres y hombres de distintas condiciones, y las repercusiones que tales relaciones tienen en la compleja vida social en que vivimos, en ese caso resulta imprescindible reconsiderar detenidamente los  parámetros mentales con que hemos aprendido y nos hemos habituado a pensar el pasado, es decir, profundizar críticamente en la teoría de la historia que, aun en el caso de que no la explicitemos, orienta toda investigación. Todavía más: planteamos críticamente las bases epistemológicas sobre las que se sustenta la forma de conocimiento propuesta por esa teoría de la historia.

He definido, pues, el problema como las relaciones históricamente conflictivas entre mujeres y hombres de distintas condiciones, y las repercusiones que tales relaciones tienen en la compleja vida social en que vivimos, frente a las investigaciones que sólo atienden a nuevos datos sobre la realidad histórica de las mujeres sin revisar los parámetros teóricos y epistemológicos del discurso histórico. Quiero exponer, así, claramente mi propósito, y poner el acento en la complejidad de las relaciones históricas; subrayar, en definitiva, que si bien el silencio que el discurso histórico ha venido guardando sobre la realidad histórica de las mujeres es un serio problema que hay que plantearse, no es el único problema al que debemos atender hoy al reflexionar sobre el pasado para una mejor comprensión del presente (33).

El estudio del pasado para la mejor comprensión del presente (objetivo de la historia como disciplina académica que se propone esta tarea y reclama hoy el estatuto de cientificidad), tiene hoy que resolver otras muchas cuestiones de similar envergadura que posiblemente se hallan interrelacionadas profundamente, y las soluciones que hallemos para unas pueden ayudar a, o dificultar, la resolución de otras. Ciertamente, el discurso histórico no sólo excluye a la mujer, ni excluye a todas las mujeres. Excluye, también, a otros colectivos sociales, colectivos de mujeres y hombres afectados por rasgos comunes como la raza, la edad, el trabajo, etc. La división social en razón de sexo no es la única división existente en la vida social; si es la primera y principal o no, es una de las cosas que hay que aclarar, pero sin olvidar que se halla articulada, en la práctica de la vida social de cada persona y de la vida colectiva -por tanto, que debe articularse en la comprensión teórica-, con otras divisiones sociales que afectan a la edad, a la raza, a la clase social, en fin, a las condiciones de nacimiento y consecuentemente de ubicación social de las personas. La reflexión sobre el olvido que el discurso histórico ha mantenido sobre la realidad histórica de las mujeres no debe hacernos olvidar las divisiones sociales que se dan también entre las mujeres y debe conducirnos, así, a otro de tos problemas que ha de clarificar hoy el estudio del pasado y del presente: la articulación histórico-cultural de las divisiones sociales y su complejidad actual (34).

Otro gran paquete de cuestiones que hay que abordar, de no menor importancia, se refiere al papel que los prejuicios culturales juegan en la reproducción de los modelos de comporta miento correspondientes a mujeres y hombres de distintas condiciones espacio-temporales, socio-históricas; es decir, el papel que la ideología, las mentalidades o las creencias juegan en la conservación y/o transformación de la vida social. Cuestiones que no podemos olvidar ni siquiera en el caso de que sólo nos preocupe el pasado histórico de las mujeres. Cuestiones que hoy se plantean diversos estudios historiográficos y sociológicos y que acaso sólo puedan llegar a clarificarse, precisamente, tomando en consideración la realidad histórica de las mujeres en la medida que merece.

Los caminos para llegar a resolver tales problemas pueden ser diversos, pero todos ellos deberían permitirnos no perder de vista la interrelación que cualquier fenómeno social guarda con los restantes, la globalidad de la vida social humana y su dinamicidad, es decir, su transformabilidad histórica. Precisamente, si algo puede y debe aportar el estudio del pasado, la historia, a la comprensión que del presente tratan de hacer las restantes ciencias sociales, es esa perspectiva global, compleja y dinámica del conjunto de los fenómenos sociales. Pero para ello es preciso que la reflexión sobre el pasado no se quede en aspectos parciales de la vida social evitar toda especialización, sea fenoménica o cronológica. Es cierto que toda investigación concreta constituye un estudio especializado. Pero, por esa misma razón, resulta de especial importancia no perder de vista la clarificación de las cuestiones teóricas globales y hasta de los pre-supuestos epistemológicos que fundamentan las teorías. Es decir: partamos del estudio de la historia de la mujer, o del estudio de la articulación de las divisiones sociales en un determinado momento histórico, o tomemos como punto de partida la historia de las mentalidades o la historia de la comunicación social, o cualquier otro fenómeno social delimitado espaciotemporalmente, todo estudio particular debe orientarse a la comprensión global del funciona miento histórico de la vida social, comprensión global que hace precisamente comprensible el fenómeno particular estudiado. De esta manera, en el proceso de investigación podemos descubrir nuevos interrogantes a los pre-supuestos teóricos de partida y podemos modificar, así, la teoría, de modo que nos permita percibir nuevos matices de los fenómenos sociales que quedaban excluidos, nuevas relaciones.

Como he señalado al principio, las indicaciones de Michel Foucault en torno al orden del discurso, y la relación entre saber y poder, abren una amplia perspectiva a nuevas reflexiones en las que podemos empezar a tomar en consideración lo excluido del discurso, lo silenciado y negativizado, como realidad viva que ha sido marginada para poder afirmar el orden -androcéntrico, como veremos- que gobierna el discurso. Ésta puede ser una primera hipótesis de trabajo que nos exige detenernos, aunque sea breve mente en la relación entre nuestros pensamientos y el instrumental básico mediante el cual los expresamos académicamente, el lenguaje por medio del cual se construye el discurso.

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