Lenguaje y androcentrismo

¿Es posible demostrar que el discurso histórico es predominantemente androcéntrico, es decir, que constituye una forma de explicar el pasado vinculada a la perspectiva que se obtiene al adoptar un punto de vista central, propio del colectivo de varones que se sitúan en el centro hegemónico de la vida social? En ese caso, ¿qué relación guarda ese punto de vista central, que en un primer nivel diríase que hace referencia al sexo, con otras perspectivas centralistas denunciadas por estudiosas y estudiosos críticos, que se refieren a la raza (etnocentrismo) a la clase social, al centralismo estatal (35), a la edad (36), y aun al propio ser humano (antropocentrismo)?(37) ¿Podemos considerar, al menos como hipótesis de partida a investigar, que existe un eje central que articula todas estas perspectivas centralistas? ¿Podemos pensar que existe una profunda relación que atraviesa la hegemonía de sexo, de clase, de raza, de nacionalidad, la hegemonía adulta y hasta la hegemonía del público?

Tratar de dar respuesta a estas preguntas parece una tarea vasta y compleja, pero necesaria, pues se intuye que apuntan a un problema fundamental, es decir, a un problema que pudiera constituir el fundamento de otros. El orden del discurso parece dictaminar lo que podemos decir y, así, incluir y afirmar, y lo que no podemos decir y, en consecuencia, tenemos que excluir y negar, Lema de meditaciones de Foucault. ¿Guarda alguna relación este orden del discurso con el androcentrismo, con cualquier perspectiva centralista? Es necesario tratar de clarificar cómo opera el orden androcéntrico del discurso para intentar romperlo y, en definitiva, ya no sólo empezar a hablar sino en primer lugar, poder reflexionar desde las márgenes de lo excluido, de lo negado.

Una forma de aproximarnos a este problema consiste en analizar el instrumenta1 básico mediante el que se constituye todo discurso: el lenguaje y sus unidades básicas las palabras.

Según el neurofisiólogo soviético A. R. Luria, la palabra es «la unidad básica del lenguaje», «el más esencial mecanismo que sirve de base a la dinámica del pensamiento» (38). De ahí la necesidad de clarificar hasta qué punto nuestro universo verbal conceptual ha sido forjado históricamente a la medida de una perspectiva androcéntrica. Pero, además, «el lenguaje (verbal) es, por excelencia la zona en que convergen y se combinan, las aportaciones de la experiencia individual y las de la colectividad de que forma parte el niño» (39), lo que quiere decir que la asimilación personal del lenguaje verbal, a lo largo del proceso educativo, implica la asimilación de la modelación histórico-colectiva del lenguaje que utilizamos. De ahí que la revisión crítica del instrumental básico de la elaboración del discurso exija, a la par, un ejercicio autocrítico que afecta a los hábitos mental-lingüísticos que hemos asimilado, personal-colectivamente.

Es éste un problema que se han planteado ya otras estudiosas y estudiosos, en el que conviene detenerse.

«La aceptación de un lenguaje supone la aceptación de unas reglas (de clasificación, de relación, etc.) y unos conceptos que no son unánimes a todos los lenguajes: cada lenguaje es compatible con una forma específica de ver el mundo y es el resultado de una historia social (...)», advierte Mª. A. Durán en su ensayo sobre «La mujer ante la ciencia».(40)

Esto la lleva a resaltar el carácter político del lenguaje y, en consecuencia, a decir que «tal vez no sea posible un movimiento político importante sin un acompañamiento o un esfuerzo en el nivel del lenguaje no sólo en el lenguaje de las palabras sino en el de los gestos y las expresiones del arte». La autora se plantea las repercusiones que el sexismo, que se detecta en el lenguaje, puede tener en la epistemología: «En los lenguajes que forman parte de la cultura occidental, la huella de la subordinación de la mujer puede seguirse en tres órdenes diferentes: en los conceptos (construidos en gran parte sobre experiencias que no son las suyas), en la estructura (las reglas referentes a las relaciones), y en el uso (la aparición de lenguajes específicos de cada sexo y la connotación valorativa de las palabras asociadas a la mujer). Para el acceso de la mujer a la creación de la ciencia, el 1enguaje castellano supone una barrera epistemológica notable que no obstante pasa fácilmente desapercibida» (41).

Sobre el sexismo en el lenguaje, y más concretamente en el castellano, existe un excelente estudio de A. García Meseguer cuyos resultados condensa él mismo en el esquema que se reproduce en la página siguiente. (42)

María A. Durán lleva esta preocupación por el lenguaje todavía más lejos. Para ella lo importante no es ya solo «que los campos a los que se refiere la ciencia hayan sido ajenos secularmente a la experiencia de las mujeres»; ni siquiera que «las connotaciones de los términos referentes a la mujer sean con frecuencia negativas». Lo que le parece más importante, y coincido plenamente con esta valoración, es «la permanente equiparación del sujeto de la experiencia al yo masculino, que se hace más patente en la elaboración de las formas impersonales -más abstractas por tanto características del pensamiento sistemático y formalizado-, o plurales. La generalización del yo masculino a todos los titulares de la acción y el predominio en el caso de la coexistencia de titulares, es una permanente -simbólica, naturalmente- negación de la posibilidad de un yo femenino como titular del razonamiento impersonalizado. Las afirmaciones que la lógica formal permite, son negadas en la práctica por la imposibilidad de expresarlas en un lenguaje que no les concede validez gramatical» (43).

Aspectos del
lenguaje
Resultados del
análisis 
Conclusiones 
Como medio de comunicación  El lenguaje posee una estructura intelectualista  La óptica intelectualista prima sobre la vitalista
Como resultado y transmisor de una cultura  La cultura heredada es sexista y el lenguaje tiende a perpetuar el sexismo La óptica del varón prima sobre la de la mujer identificándose lo masculino con lo total, el varón con la persona 
Como condicionante del pensamiento y la conducta  Los automatismos del lenguaje provocan el menosprecio u olvido de la mujer y ocultan las situaciones sexistas Atención a las conductas verbales o escritas 

Es decir, se sospecha que el «yo» del razonamiento abstracto constituye la primera trampa conceptual que conduce a una epistemología sexista o androcéntrica. Ciertamente, la permanente equiparación del sujeto productor del discurso a un «yo» o un «nosotros» masculino produce, al menos, una legítima incomodidad en las mujeres, pues no deja traslucir su personal naturaleza. Una incomodidad que Martha I. Moia  expresa así:

«Hablar "en femenino..." ¿Habéis pensado alguna vez qué ridículo es decir uno refiriéndose a una misma? Y, al mismo tiempo, ¡que ridícula suena una cuando dice una! En el lenguaje todo es cuestión de hábito, por eso es tan arduo cambiar. Es como dejar de fumar, o conducir un auto de marchas diferentes. Lo que cambia no es sólo la expresión, sin toda la cosmovisión que la sustenta (...) Las cuestiones lingüísticas son fundamentales en el lenguaje natural, el cotidiano. Y también en los metalenguajes utilizados para describir la realidad. Hay que estar alertas, dudar, cribar, cambiar» (44).

Ciertamente, decir «uno» piensa que esto podría ser de otro modo, o decir «una» piensa que esto podría ser de otro modo, suscita en quien escucha o lee, e incluso en quien habla o escribe, la sensación de que uno es una persona investida de autoridad, mientras que una diríase que expresa simplemente una opinión personal, es más, una opinión de mujer. Si se quiere reforzar la autoridad de un argumento, en lugar de decir uno diremos nosotros, aunque seamos conscientes de que tal opinión sólo la compartimos unas cuantas mujeres, mientras que la mayoría de nuestros colegas hacen oídos sordos a la inquietud de la que brota tal opinión.

Martha I. Moia habla del «esfuerzo deliberado y costoso que implica hablar desde la perspectiva de la mujer», esfuerzo que relaciona con «imposiciones gramaticales, fáciles de subvertir, que desdibujan el mensaje al hacernos perder de vista el foco», y con «limitaciones de significado, difíciles de reconocer y de corregir, cuyo efecto no es desdibujar sino borrar, des/existir».

«La concordancia de los géneros gramaticales de nuestra lengua -continúa- exige que si hay al menos un sujeto masculino, el discurso sea masculino, a pesar de que haya una buena cantidad de sujetos femeninos, que quedan "implicados" por el género masculino. Si en una clase hay cien alumnas y dos alumnos, deberemos decir los alumnos. Además, como nos aclaran los lingüistas, es natural que una mujer diga nosotros y una refiriéndose a ella misma. Esto es así porque la concordancia masculina es obligatoria cuando se alude a personas de distinto sexo. En el caso de nosotras, hay que prestar especial atención, ya que para poder utilizarlo todas las personas deben ser femeninas. El uso del indefinido una/o indican una ligera participación en el sujeto impersonal, pero la forma femenina no es obligatoria, de ahí que sea gramatical que una mujer diga: "se conmueve uno" ». (45)

Refiriéndose a este problema, Violeta Demonte resume así los argumentos que gramáticos y lingüistas elaboran para justificar a utilización de masculino como generalizador de lo que se refiere a un conjunto de mujeres y hombres:

«Dicen los gramáticos que el masculino es el término no marcado de la oposición masculino-femenino. ¿Por qué cuando se ha hecho alusión a un conjunto de individuos de ambos sexos se los engloba luego bajo el pronombre resumidor de ellos? "Vi a Juana, María y José, pero ellos nos sabían nada de la historia" ¿Por qué "hombre" es ese término genérico designador de la especie? ¿Por qué cuando existe un par de términos que permiten la distinción del género-sexo, corno "maestro"-"maestra" es el término masculino el que asocia una significación elogiosa y no el femenino? ¿Por qué resulta tan poco productiva la formación de derivados femeninos de términos que designan profesiones o agentes y se sigue empleando "director" o "ministro" cuando quien ocupa el cargo es una mujer? Los estructuralistas responden a estas preguntas con la observación de que las oposiciones sobre las que se estructura el sistema de valores que es el lenguaje humano encuentran estados de equilibrio que son imprescindibles para la economía de este sistema: situaciones de neutralización de las oposiciones en las que uno de los términos sirve para representar el par de elementos. Los investigadores del sexismo (dice V. Demonte haciendo uso de esa misma economía de la lengua, que permite el uso del masculino como generalizador, de qué está hablando) señalan, par su parte, que esos usos lingüísticos reflejan y solidifican la situación social de la mujer en la medida en que el oyente sigue asociando el término con un poseedor masculino aunque no desconozca el valor genérico del término. La función discriminatoria de estos usos del lenguaje no es tan obvia como a simple vista podría parecer ya que obedecería a una necesidad general del lenguaje coma sistema y no de las lenguas particulares y su explicación última, entonces, dependería de cómo se articulan esas necesidades sistemáticas con el uso del lenguaje.» (46).

Todas estas justificaciones teóricas no pueden impedir, sin embargo, que nos paremos a reflexionar sobre las repercusiones psico-lingüísticas del uso del masculino como generalizador, elemento fundamental para el análisis de quién aparece como sujeto de discurso histórico, como sujeto productor de ese discurso y, también, como objeto del que se habla en el discurso histórico, es decir, como sujeto agente de nuestro pasado histórico.

Podemos considerar dos tipos de repercusiones:

1. Repercusiones directas: la utilización del masculino como generalizador oculta la participación y hasta la existencia de la mujer.

2. Repercusiones inducidas: la utilización del masculino como generalizador induce a confundir lo que sólo afecta a los hombres con lo humano, y a creer que cuanto se dice del hombre atañe indistintamente a mujeres y hombres de distintas condiciones, corno seres humanos que somos todas y todos.

Como puede notarse, al segundo tipo de repercusiones se inducen de las primeras. Así como la utilización del femenino queda restringida a las mujeres, el masculino puede funcionar en ocasiones como universalizador de uno y otro sexo, y en ocasiones específicamente como masculino. En general, no suele matizarse esta distinción lo que conduce no sólo a exclusiones frecuentes de la mujer, o a infravalorar su participación sino, además, y esto es lo más grave, a la ambigüedad. Ambigüedad que (al menos teóricamente) está reñida con la precisión conceptual que requiere el lenguaje científico.

Las repercusiones del uso del masculino como generalizador o presunto generalizador, en la lengua castellana, han sido estudiadas con detenimiento por Álvaro García Meseguer: «La ambigüedad del género masculino en particular y la estructura masculinizada del idioma en general, tiene un efecto más genérico, ya que no sólo provocan una ocultación sistemática de la mujer y todo la que a ella atañe, sino que además producen una especie de masculinización en el cuadro de clavijas de la mente y sesgan, por rutina de reflejos, nuestra forma de captar el mundo». El autor señala que «el género masculino aparece frecuentemente, unas veces con carácter específico y otras genérico. El resultado es que la mente identifica por rutina, de modo inconsciente a lo masculino con lo total, al varón con la persona (...) Lo femenino, la mujer, es tratado por la sociedad hispanohablante cuino lo no-masculino, es decir, algo que no está en paridad, que aparece como excepción a la regla». Y considera que el proceso de ocultación de la mujer «es tan sutil que parece ideado por una mente maquiavélica. Y, en efecto, tal mente ha existido: es la mente del poderoso colectivo varonil de todos los tiempos que ha ido conformando el lenguaje a su medida y conveniencia.» (47)

¿Podemos identificar, históricamente, a ese «poderoso colectivo varonil de todos los tiempos», de que nos habla García Meseguer? ¿Es posible llegar a desvelar ese «yo», o ese «nosotros» productor del razonamiento abstracto y del discurso lógico-científico? ¿Qué realidad histórica subyace a ese hombre que aparece como sujeto agente del discurso histórico, objeto de las indagaciones de las distintas ciencias sociales? ¿Se trata de un concepto preciso, o de una palabra ambigua?

Los ejercicios de lectura critica no-androcéntrica que he realizado, y cuyo resultado expongo a continuación, permiten desvelar las presumibles trampas androcéntricas del lenguaje a partir de centrar la atención en ese hombre que aparece como protagonista de la historia, el sistema de valores que le acompaña y el uso del masculino como generalizador de lo humano.

Pero, como veremos, no basta con cuestionar sólo la palabra hombre, o los masculinos presuntamente genéricos. Otras claves conceptuales aparecerán también definidas androcéntricamente. Entre ellas, quiero referirme ahora a la palabra historia, cuya polisemia es fuente de confusionismo androcéntrico.

La palabra historia condensa tres significados que suelen con fundirse si se utiliza este término sin matizarlo:

- hablamos de historia para referirnos a cuanto sucedió en el pasado, identificando, así pasado con historia;

- también hablamos de historia para referirnos a una forma histórica de explicar el pasado, que he preferido de nominar discurso histórico: ordenación lógica, espacio-temporal y causal de los datos de que disponemos para el conocimiento del pasado;

- la palabra historia se utiliza, además, para definir un determinado periodo del pasado, para diferenciar pre-historia, o proto-historia, de tiempos históricos: la existencia de documentos escritos se considera que marca los limites entre estos dos grandes períodos.

Recordemos el enunciado «el hombre es el sujeto de la historia». Dado el significado androcéntrico que hemos descubierto en la palabra hombre, ¿qué expresamos con esta frase? ¿De qué hombre hablamos? ¿De qué historia? ¿Qué hombres, qué seres humanos son los sujetos del pasado? ¿Qué hombres son los protagonistas principales, casi exclusivos, del discurso histórico?...

Como ya he expuesto en otras ocasiones, la palabra historia permite confundir lo que sucedió en el pasado, con lo que los historiadores, como colectivo institucional legitimado para tal fin, explicamos hoy sobre el pasado, y con los valores propios de los tiempos conceptualizados como históricos, tiempos en los que se impone la hegemonía patriarcal a partir de una serie de formulaciones imaginarias androcéntricas. De esta forma, la palabra de los historiadores se erige como traducción verídica de lo que sucedió, siendo en realidad expresión de lo valorado positiva mente para perpetuar la hegemonía viril. El confusionismo androcéntrico en torno a la palabra historia legitima, así, al historiador como poseedor de «la verdad histórica», definidor, por tanto, de lo significativo históricamente y, así, de lo históricamente in-significante.

De este modo, claves conceptuales fundamentales del discurso histórico, como son hombre e historia, se muestran claramente viciadas. Todo lo que se refiere a los hombres adultos que han venido imponiendo su hegemonía sobre territorios cada vez más amplios, sobre la Tierra constituye -como se verá a continuación- lo significativo históricamente. La mujer queda relegada a lo in-significante y, así, al reino de la Naturaleza sobre la que triunfa la Cultura occidental. En este sentido estricto, la mujer y sus criaturas mujeres y hombres, que no comparten la voluntad de imponerse hegemónicamente sobre más territorios de los que necesitan para sobrevivir ecológicamente. La historia, el discurso histórico, refleja, reproduce y legitima, así, la actual hegemonía androcéntrcia: explica a genealogía del actual conflicto por dominar y hasta destruir el máximo territorio con la mayor economía de recursos, en el menor tiempo, y canta, así, la epopeya de la razón del Poder condensada, hoy, en el poder de la Razón.

Del confusionismo androcéntrico que genera la utilización, sin matizaciones, de la palabra historia, se deriva el problema, fundamental también de la periodización del pasado, de la cronología. La delimitación entre tiempos pre- o proto-históricos  y tiempos históricos, nos lleva a valorar como superiores las sociedades que se dotaron de contabilidad y escritura, frente a las que resultan, así, definidas como todavía-no..., plenamente humanas (que deben aspirar, pues, a organizarse de acuerdo con las pautas de las sociedades históricas, hegemónicas). Es imprescindible, para una revisión no-androcéntrica, re-pensar el sistema de clasificación cronológica que constriñe nuestra visión del pasado, como se verá más adelante.

Por el momento, podemos concluir la necesidad de prestar suma atención a las claves conceptuales que nos hemos habituado a utilizar, pues a través de ellas podemos incurrir en definiciones y presuposiciones androcéntricas que amordazan nuestra reflexión, incluso aunque intentemos evitarlo.

 

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